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Los enanitos resignados


Rodrigo Maffioli Navas


Había una vez un país de enanos que no querían crecer. Se afanaban en producir su comida y vestidos, y vendían lo que sobraba a amigos y vecinos, unos cuantos porque el país era chiquitico como ellos.

Un día, un vecino lejano, grande y poderoso quiso compartir las bellezas de aquel paisito; vino y ofreció a cambio compartir sus riquezas para que los enanitos crecieran y con ellos sus ingresos. Les dio oportunidad de vender sus productos a los gigantes de su comarca. Ellos construirían las enormes fábricas y los gigantes y los enanitos ganarían mucho dinero por igual y para siempre.

Entonces unos seres miopes, de mente muy estrecha, conocidos como sindignomus, que se escondían en la oscuridad, temerosos de tener que trabajar como todos los demás, pues estaban acostumbrados a robarse el fruto del esfuerzo de los enanos, empezaron a inventar cuentos chinos y a sembrar el pánico en todo el país: “Nos van a robar lo que tanto nos costó, nos van a quitar el sombrero de lona, no seremos ya los enanitos orgullosos de lo poco o nada que tenemos, se van a apoderar de nuestras carreteras chiquiticas y con huequitos pero nuestras, ya no podremos comunicarnos por señales de humo…”.

Y aquel país se sumió en la soledad, no quiso compartir la oportunidad de vender más y a mejores precios, no quiso recibir a los vecinos ricos que querían producir allí beneficiando a los enanos, para llenar el mercado de los grandes y ganar todos.

Aquellos poderosos hombres no podían creer que aquel país escogiera aislarse y quedarse chiquitico, lleno de penurias y pobreza, sin intentar asomarse al horizonte del nuevo siglo, que era como un mercado gigantesco donde todos tendrían un chinamito asegurado.

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