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Felicidad y responsabilidad Carlos M. Echeverría E. En los últimos meses, por alguna razón, me he vuelto aficionado a las salas de cine. Aunque no siempre lo logro, procuro escoger bien las películas. Dos, este año, me han llamado la atención por su contenido, que toca los problemas más apremiantes de la humanidad hoy, uno espiritual y otro material, profundamente entrelazados. Una es la película de Al Gore Una verdad inconveniente, que desnuda el problema ambiental y plantea paliativos o soluciones, dependiendo de la intensidad con que se acojan. La otra, con Leonardo Di Caprio, denominada en inglés Blood Diamond y que tiene como escenario Sierra Leona, deja ver la crueldad a la que los seres humanos han llegado por asegurar las facciones en pugna, el control de la explotación y el contrabando de diamantes, destinados a sociedades que no comprenden el daño que pueden desencadenar en países de menor desarrollo. Voy a referirme a la película de Di Caprio. En el siglo XVIII tomó mucha fuerza la idea de encontrar la felicidad, que renació en el siglo XX y se ha arraigado en el XXI, felicidad que no es factible en la definición comercializada de hoy. Ese estado nirvánico permanente que el concepto de felicidad conlleva no es posible lograrlo en la vida terrenal. Nunca se es plenamente feliz, pues todo cambia constantemente y desestabiliza lo que es una sensación de felicidad momentánea. Hay momentos felices y hay que disfrutarlos, pero no duran, se van. Lo que si es válido afirmar es que, quien vive tranquilo sin dejarse dominar por la ambición ni envenenar su espíritu con pensamientos malos o pesimistas; quien lucha por superarse y por alcanzar metas pero sin perder el sentido del equilibrio; quien contribuye al progreso de la sociedad con un comportamiento limitado por la ética y la buena moral y quien aprecia la sutileza de las expresiones vitales, logra alcanzar altos niveles de satisfacción y realización personal. Llegar a ese estado tiene más sentido que buscar la felicidad. ¿Los más inteligentes? El encontrar la felicidad se nos volvió un problema cuando tratamos utópicamente de alcanzarla por la vía del consumo excesivo, conspicuo y hedonista, que deshumaniza, que vuelve egoístas y poco solidarios a los seres humanos, olvidando –desde la perspectiva material– que el buen uso de los recursos en el corto plazo es fundamental para la supervivencia en el largo plazo. Y desde la perspectiva espiritual, el aferrarse al materialismo, nos deshumaniza, lo que por definición da al traste con nosotros, supuestamente los seres más inteligentes de la Creación, por lo menos por estos lados del universo. No se trata de no consumir, pues eso sería antinatural y socioeconómicamente inadmisible; se trata de desarrollar sociedades más equilibradas entre sí, entrelazadas por un sistema económico mundial que privilegie la solución de los problemas claves de la humanidad, todavía, inadmisiblemente, no resueltos; que adopten formas de vida con esquemas de producción y consumo sostenibles, para lo que no es necesario sacrificar, en lo fundamental, los estándares de vida logrados; una mezcla entre la economía de mercado y la planificación estratégica participativa como guía y limitante. En esa dirección marcha Gore; propone un nuevo equilibrio. Y la película de Di Caprio llama a la atención sobre quienes inocentemente están pagando los “platos rotos” de los excesos de la humanidad privilegiada. Démonos por notificados: nos salvamos todos o no se salva nadie; no hay alternativa.
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