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Incomunicados Víctor J. Flury Hay dos clases de hombres: los que son como uno y los que tienen despacho y secretaria, una secre-taria que siempre dirá lo mismo: que su jefe está ocupado. Tiempo atrás, recuerdo, ellas inventaban una reunión o una gira de su mandamás, y punto. Hoy, la lista de pretextos telefónicos se ha engalanado de términos nuevos: el desayuno o almuerzo de trabajo –o ambos–, los trámites propios de la cartera, la presentación de un informe clave, una cita vip con alguien very vip... Y no queda ni un lugarcito para el cliente o ciudadano raso (y hablo de administraciones públicas y privadas), ni siquiera cuando uno llama a esa fantasmal autoridad no con la intención de pedir algo sino también de ofrecer algo. Lo que sí cabe admitir es que todo se hace ahora con más glamur que antes, aunque el glamur –voz de doble filo que significa “encanto sofisticado”– empieza a mostrar su otra cara de engañifa si uno insiste, persiste, insiste. Porque, al fin de este camino, alfombrado de buenos modales, uno topa de frente con un terrible mutismo lleno de palabras: ¡la incomunicación, amigo! Un cineasta del siglo pasado, Antonioni, filmó, allá por los 60, a los incomunicados de entonces que actualmente se siguen incomunicando gracias a celulares, bípers, mensajes de texto y demás. Bueno, pues resulta que Antonioni, justo después… Pero, ¿qué?, ¿me oye?, ¿no?, ¿cómo dijo?
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