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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com Al entreabrirse la puerta de un año nuevo, como la ficción del que echó a andar anoche, irrumpe, en el espejo y en la conciencia, la realidad tozuda de que el hombre se hace viejo muy pronto, y sabio, muy tarde. Bueno, eso dicen. La actriz Katharine Hepburn decía, antes de morir, a los 96 años, que, cuanto más se envejece, más se parece el queque de cumpleaños a un desfile de antorchas… El número de antorchas, sin embargo, no engendra experiencia ni sabiduría. Esos son cuentos para ilusionar a los viejos. En cuanto a la experiencia, lo importante, como se ha dicho, no es tener experiencia, sino qué se hace con la que se tiene. Y para ello hay que ser inteligente. En cuanto a la sabiduría, esta no se incuba en la vejez, sino que depende de la vida. De cada minuto de la vida. La vida es el tesoro, la mina. Immanuel Kant escribió La crítica del juicio a los 60 años; Víctor Hugo, a los 80, exhibía una vitalidad contagiosa, y Catón aprendió griego a los 80 años. Los ejemplos abundan de viejos vitales y lúcidos, así como de jóvenes atontados y embotados. Sin embargo, estos hitos no son obra de la vejez, sino de la vida o, mejor, del aprovechamiento de la vida, cuyo solo inicio es un caminar hacia la muerte, que, aunque parezca una contradicción en las palabras, es la puerta de la verdadera y de la gran vida, como puede serlo, si uno ha vivido descocadamente, de la muerte total. Y, si alguien duda, pues que espere un poco. Apostemos. Blaise Pascal a la vista. Sea lo que sea, el problema no es estar viejo, sino padecer de viejera intelectual o convertirse, tardíamente, en viejo verde (por el acoso sexual) o en viejo rosado (por la paranoia ideológica). En cuanto a la viejera intelectual, que la padecen también muchos jóvenes, Montaigne enseña que “las arrugas del espíritu nos hacen más viejos que las de la cara” y, en cuanto a los viejos verdes, viene al caso el dicho de que “el amor de un viejo es como la luz del Sol sobre la nieve: deslumbra, sobre todo si tiene plata, más que calienta”. En cuanto a los viejos rosados, cargados de rollos ideológicos, su castigo es el ridículo, aunque, para su ventura, no se dan cuenta. El 2006 en Costa Rica fue un año espléndido en estos tres tipos de personajes: viejera intelectual, en muchos jóvenes y adultos; viejera verde y viejera rosada. A estos y a todos los demás, niños, jóvenes y viejos, de verdad, un año nuevo, no porque así lo dicta el calendario, sino porque la vida es la perenne novedad y la gran oportunidad para esculpir lo único que cuenta: la eternidad.
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