Costa Rica, Jueves 27 de diciembre de 2007

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Mauricio Víquez Lizano | canino@racsa.co.cr

Antonio Rosmini

Presbítero

Así es como los registros de la escuela pública de Rovereto hablan del paso por sus aulas de Antonio Rosmini (+1855) como de “agudísimo ingenio”. Un hombre particular y polifacético, el 18 de noviembre fue beatificado, en Verona, por el cardenal Saraiva Martins.

Rosmini, pensador sólido y dedicado a fortalecer la relación entre fe y razón, como señala Juan Pablo II en Fides et ratio N.º 74, publicó abundantemente en su vida. En cuenta, una obra sobre filosofía política que vería la luz en 1839, además de su Tratado de la conciencia moral que, apareció el mismo año, sería una fuerte argumentación acerca de la inteligencia en cuanto iluminada por la luz del ser, que sería –tal y como puede sospecharse– la luz de la verdad.

Intensas vivencias. Siendo fundador de institutos religiosos dedicados a la formación humana, cristiana y teológica de cuantos se acercaran a sus obras, vivió intensamente las vicisitudes que, en torno a 1848, marcaron el inicio de los acontecimientos que llevarían a la salida de Pío IX de Roma hacia Gaeta. Sus diferencias de criterio con respecto a la línea del cardenal Antonelli lo obligaron a despedirse del Papa en 1849, a pesar del posible futuro de servicio diplomático que le esperaba cerca del Romano Pontífice.

Estas circunstancias llevaron el rumbo de los hechos hasta el extremo de que algunas de sus obras –sin fundamento alguno y con absolutoria en 1854 y 2001– fueran incluidas en el Index .

Muy al margen y confortado por algunos amigos como Manzoni, Rosmini permaneció hasta su muerte en Stresa, en medio de sus labores y terminando su obra Teosofía.

Saraiva, al hablar de Antonio Rosmini, afirma que su vida mostró siempre “múltiples caras”. Dice de él que fue “filósofo, pedagogo, teórico de la política, apóstol de la fe, profeta, gigante de la cultura”. Y, además, hace ver en su homilía en Verona cómo la lectura actual del andar vital del nuevo beato ayuda a cualquier cristiano –que esté bien ubicado en su tiempo– a crecer en el fomento de la amistad entre razón y fe, religión, comportamiento ético y servicio público.

Sarmiento bien injertado. El reconocimiento general de la ejemplaridad de este sacerdote tiene un sentido particular en medio del tiempo presente. Su vida y enseñanzas lo llevaron a ser un sarmiento bien injertado en el tronco principal y, además, un hombre profundamente inmerso y conocedor de cuanto en su tiempo era reflexión y diálogo, de cara a las corrientes que, con mayor o menor acierto, buscaban ser voces de un tiempo que, como la modernidad, mostraba una gran efervescencia ideológica.

No entendido en su tiempo, Juan Pablo II comenzó la recuperación de la figura y pensamiento de Rosmini y, hoy, en un proceso continuado y potenciado por Benedicto XVI, es reconocido por su ejemplaridad integral. Un buen ejemplo para que todo pensador cristiano de hoy jamás llegue a darse por vencido ni se desanime en su esfuerzo a pesar del contexto. Y un buen ejemplo, también, para los sacerdotes que, dedicados aún al quehacer intelectual, perseveren en una labor poco reconocida que, sin embargo, parece ser vital en un tiempo en que el diálogo fe-razón hace agua por todos lados.

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