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Alberto Casals Basart | acasals2003@yahoo.com |
Democracia solidaria
Presbítero
Con la caída del sistema soviético en 1989, parecía claro que el mundo se abocaba a la democracia y la economía libre, en un marco de indiscutible solidaridad. La democracia busca, en lo posible, la participación de todos los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica –cfr. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia , N.º 406–. No es fácil respetar y vivir esa democracia, pero en Costa Rica nos ha tocado ser un buen modelo para el mundo, en medio de la crisis democrática por la que pasa hoy el continente americano. Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de Derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana.
Respetarnos como personas. Todos estamos llamados a respetarnos como personas, de modo que los insultos y ataques personales, los fanatismos ideológicos, no ayudan; debemos alejarlos serenamente, en medio de las confrontaciones entre las diversas opiniones La democracia no es una concepción de la vida ajena a los valores, que son fundamentales y globales, y entrañan una fraternidad universal. Siempre debe haber gran respeto a los demás, sea cual sea su opinión, fundado en un común denominador humano, que se puso muy en claro en 1948, con la Declaración Universal de los Derechos Humanos –que viene a ser como una ampliación de los diez mandamientos proclamados hace muchos siglos por Moisés– y que constituye una base común intocable, no negociable, que tradicionalmente se denominó “ley natural” y está presente en la intimidad de todas las conciencias humanas. Unos y otros debemos concordar en esa base común.
Valores intocables. Una auténtica democracia, como todos deseamos que sea la de Costa Rica, no es solo resultado de un respeto formal a las reglas, sino el fruto de una aceptación convencida de los valores que inspiran los procedimientos democráticos: la dignidad de toda persona, el respeto de los derechos del hombre, la asunción del “bien común” como fin y criterio regulador de la vida política. Si faltara el consenso general de estos valores entre nuestros conciudadanos y nos dejáramos arrastrar por ideologías radicales, se perdería el significado de la democracia y se comprometería su estabilidad. Por eso, debemos revisar nuestros sentimientos íntimos y alejarnos de actitudes fanáticas y violentas que conducirían a la anarquía y son impropias de un pueblo, como el nuestro, que ha privilegiado la educación de los ciudadanos no solo en los avances técnicos de la cultura actual, sino, también, en la formación humanística. Ahora, es el momento de potenciar lo que nos une.
El mal de la corrupción. Entre las deformaciones del sistema democrático, la corrupción política es una de las más graves –señala el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia , N.º 411– porque traiciona al mismo tiempo los principios de la moral y las normas de la justicia, compromete el correcto funcionamiento del Estado, influye negativamente en la relación entre gobernantes y gobernados e introduce una creciente desconfianza respecto a las instituciones públicas. Ese es el cáncer que está poniendo en peligro la persistencia democrática en varios países del continente.
Ser todos activos, en la democracia, significa dar un cauce de expresión a las propias facultades y talentos, a la multiplicidad de dones que posee cada ser humano, en grados diversos. Una democracia participativa busca que todos sus ciudadanos cooperen positivamente al desarrollo del bien común, desde los niveles más humildes hasta las más altas esferas sociales, con un espíritu de fraternidad. La democracia no concuerda ni con la tiranía de las ideologías radicales ni con la anarquía, y sí concuerda con aquel principio cristiano que dice: amaos los unos a los otros.
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