Costa Rica, Lunes 24 de diciembre de 2007

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El gran regalo de la Navidad

Roberto García H. | rgarcia@nacion.com

Periodista

Siempre me conmovió la historia de un niño solitario, quien pasaba las horas pateando una bola contra una de las paredes exteriores de su casa enorme, en un barrio de familias pudientes.

Él era mucho menor que el resto de sus hermanas y un hermano y, de algún modo, a lo largo de su niñez fue un ser cautivo entre la opulencia y la indiferencia de la gente mayor.

A veces, por su poca puntería y excesiva emoción al patear la pelota, esta saltaba el muro de su casa, que colindaba con la propiedad de una vecina gruñona.

¡Boolaaa! , suplicaba el chiquillo con su voz tímida...

Y el balón volvía otra vez a su lado, al tiempo que, detrás del muro, se podía escuchar el reclamo de la vieja mujer.

¡Ya me tenés frita! , vociferaba.

Entonces, el chico se imaginaba el rostro de la señora, como si fuera un retrato en la yema de un huevo frito, chispeante de manteca en una sartén hirviente.

El incesante rebote del balón contra el muro producía en la ilusión del chiquillo la invocación mágica de una gradería hasta el tope de aficionados, que lo aclamaban bulliciosamente.

Conforme crecía su inspiración, el astro de los pantalones cortos y las rodillas sucias, inventaba nuevas fintas y jugadas de pared, avances y remates fulminantes que sacudían las redes de un guardameta imaginario.

Aquello era tan real, como lo escuchaba a través de la narración radiofónica de José Luis Rápido Ortiz o de Luis Cartín, hasta que la reacción iracunda de la vecina incómoda, en un santiamén, lo traía de vuelta a la tierra.

Este niño de los años cincuentas es contemporáneo de quienes hilvanábamos nuestros sueños de grandeza con una oreja pegada al radio de transistores.

Otro destino. De filiación manuda en su identidad futbolística, al personaje de este relato verídico le tocó forjar su profesión lejos de las canchas.

Porque, como a muchos de nosotros, el hada de la fortuna no nos hizo futbolistas. Entonces, no nos quedó más camino que construir el futuro con otras utopías.

Por eso, niño o niña que te ocupas de leer esta columna, si al abrir tus ojos en la vigilia de esta noche de Navidad, descubres un balón de futbol reluciente al lado de tu cama, apresúrate y tómalo, juega con él y síguelo.

Te hará reír, te hará llorar, te hará soñar. Hará volar tu ilusión por parajes insospechados...

¡Y serás feliz!

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