Costa Rica, Lunes 17 de diciembre de 2007

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Lisbeth Quesada Tristán

Defensoría diligente y amplia

 La verdadera conciencia solo se conquista mediante la razón

Defensora de los Habitantes de la República

La catarsis política, aun cuando pretenda ser daltónica, siempre es válida y hasta saludable. También es lícito –como característica humana– tener una memoria que, sin ser necesariamente flaca, pueda pecar de selectiva y hasta rítmica según sea la moda. Lo que no se vale, porque puede ser injusto, es caer en aquel efecto curioso que el psicoanálisis llama ‘proyección’. Parafraseando el concepto, sucede que a veces “sin saberlo” proyectamos nuestras falencias de cualquier tipo en perjuicio de alguien más.

En este caso, la afectación podría ser a la institución que yo represento como defensora de los Habitantes. Así, las eventuales lagunas de la memoria (cuando no conciencia…) y los juicios o lecturas propias de la realidad sobre el desempeño de quienes trabajan en “la cosa pública”, muchas veces pueden ser limitadas, anodinas y antojadizas, inclusive sin pretenderlo. De tal forma, pese a que siempre se debe presumir buena fe, conviene que sean aclaradas de inmediato.

Respetuosa y consecuente. La Defensoría de los Habitantes, en su lógica de acción, es respetuosa y consecuente con el mandato que le impone su ley (N° 7319); es una institución que trabaja en la defensa de derechos humanos y que mediante el control de legalidad, vela por el correcto funcionamiento del sector público en apego a la justicia, la moral y los instrumentos jurídicos nacionales e internacionales existentes. De tal forma, con claridad meridiana y sin poses a contraluz, hemos ejercido con orgullo y diligencia el mandato que la ley nos exige. Los ejemplos, dichosamente son abundantes y, por ello, puedo entender que en algunos casos se olviden con cierta amnesia, tal vez no malintencionada, pero sí conveniente. Esto es ya una costumbre, que se entiende porque nuestro quehacer siempre provoca reacciones variadas; y, ciertamente, si nadie dijera algo jamás, entonces sí deberíamos preocuparnos.

No pretendemos en modo alguno la congratulación ni el aplauso de sectores específicos, tampoco esperamos quedar bien con estructuras de poder cualesquiera que sean, simplemente, hacemos nuestro trabajo desde un prisma de honestidad y transparencia –porque rendimos cuentas constantemente–; pero sabemos y, como dije, estamos acostumbrados a que, cuando lo que hacemos incomoda precisamente a algún interés o sector en particular, se nos suele aplicar una suerte de memoria “selectiva” y reduccionista que resume a veces, con acalorada ocurrencia y desconocimiento, toda la labor institucional en un par de manifestaciones, las cuales tienden a reflejar ignorancia sobre lo que hacemos y además, se confunden entre el control político y el control de legalidad –el cual sí ejercemos– con total apego a las atribuciones que nos concede la ley.

Rendición de cuentas. La institución que orgullosamente conduzco no tiene memoria selectiva y tampoco es, como ha afirmado un habitante en este foro, el pasado 12 de diciembre. En todo caso, cada persona puede sin duda, informarse sobre nuestro quehacer integral, sea visitándonos cuando guste, o bien revisando el informe que cada año presentamos ante la Asamblea Legislativa –disponible también en nuestra página electrónica–, donde rendimos cuentas del trabajo realizado y sobre el que estamos haciendo. Si la Defensoría fuera selectiva, no gozaría de la legitimidad institucional que la caracteriza a través de su historia. Pero, es un hecho que los problemas de credibilidad y de transparencia política que desafían la democracia costarricense hoy, existen y eso es innegable; sin embargo, de ninguna manera han sido potenciados ni patrocinados jamás por la Defensoría de los Habitantes; y mi mandato no ha sido ni será la excepción. Pensar así puede ser más bien el reflejo de algún grado de desconocimiento sobre nuestra labor integral, y eso no corre por nuestra cuenta y, por ello, no es de recibo para nosotros.

Nuestra conciencia institucional no es estéril, es fértil, orgullosa y, por fortuna, no está en venta; se debe a la razón de la ética y no a morales inquietas y volubles. Esa conciencia es como la antigua reina Cleopatra VII de Egipto describía su propio corazón, cuando afirmaba: “mi corazón no se vende ni se regala, solo se conquista”. De la misma forma, la verdadera conciencia solo se conquista mediante la razón, es independiente y jamás se separa de la justicia.

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