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Víctor Ml. Mora Mesén |
Para el más acá
Director del Saint Francis College
Es un error frecuente, más por ignorancia que por otra cosa, considerar que la ética cristiana está orientada a la salvación eterna, como si fuera un cúmulo de instrucciones para acceder al cielo. Nada más lejos de la realidad, porque la reflexión ética desde los presupuestos del Evangelio pretende discernir los valores que pueden hacer más humana la existencia, esto significa asumir con total realismo la responsabilidad que se tiene por este mundo.
Claro está, el horizonte desde el cual se realiza este proceso de discernimiento tiene que ver con Dios y su actuación intrahistórica: para el cristiano Dios no es un ser inaccesible que habita en el cielo, sino que Él ha decidido asumir nuestra vida con todas sus implicaciones (conflictos, luchas, alegrías, tristezas, ilusiones).
La última encíclica del Papa Benedicto XVI,Spe Salvi , nos habla de ese horizonte de sentido desde el cual se estructura la fe cristiana. Se trata de la esperanza que anima a los creyentes y que los hace estar en el mundo con la mirada puesta en el futuro de Dios.
La reflexión del Papa se presenta como un diálogo con el pensamiento moderno y contemporáneo, que se plantea la cuestión del significado de la existencia. No hay duda de que la barbarie de la historia, en expresión de Walter Benjamin, ha dejado profundas huellas en la manera en que entendemos el devenir humano. Lo mejor del pensamiento humanista ha intentado encontrar el camino para hacer que las personas construyan por libre iniciativa un mundo mejor. Sin embargo, la realidad de las empresas humanas está marcada por el sufrimiento, provocado por la intolerancia o el egoísmo. Al final del siglo veinte surgió una pregunta fundamental: ¿Es posible construir el Edén por medio del uso de la razón?
Distinción importante. La posibilidad teórica no ha implicado realidad fáctica. Es cierto, el Papa afirma que los mejores sistemas de pensamiento han pasado por alto la libertad del ser humano, que fácilmente convierte el deseo particular en un Leivmotiv controlador y destructor. Los mejores sueños se han visto fracasados por la aparición repetida de la represión, la marginación o la muerte.
Por eso, Benedicto XVI hace una distinción importante: el Reino de Dios (la aparición del mundo pleno, donde el ser humano puede realizarse sin limitaciones) es un don que depende totalmente de la gratuidad divina, mientras que todos los proyectos y realizaciones humanas solo construyen el Reino del Hombre, que es frágil y temporal.
¿Cómo Dios construye su Reino? No como un observador neutral, sino como un comprometido actor de la historia, que padece junto con las víctimas la fuerza de la injusticia. Esta es la novedad cristiana: la gratuidad divina no es un regalo desde la lógica del poder, es amor comprometido, arriesgado y aventurero. Es una opción por vivir continuamente en la compasión y, por ello, es una vida subversiva, que renuncia a los mecanismos del dominio sobre los demás y la imposición de ideas absolutas.
El Evangelio es una invitación, para mantenerse firmes en la esperanza surgida por la resurrección: Dios no dejará que las víctimas del odio hayan perecido en vano. Por eso, esforzarse hasta la radicalidad para vivir en el optimismo del amor gratuito, es propio de aquellos que tienen una fe auténtica.
Donación del amor. Claro está, esta es una moral para el más acá que para muchos resulta absurda, impráctica e idealista. Pero más de un pensador moderno ha visto el gran potencial que tiene, puesto que su fuerza es innegable.
Es más, quien se atreve a vivir convencidamente desde ella, es capaz de renunciar a sí mismo para buscar el bien común, en un esfuerzo continuo por desterrar de su norte el deseo que busca la propia satisfacción. Y esto porque la cruz no es signo de fracaso, sino de esperanza y de vida nueva. Morir a sí mismo no es destrucción del yo, sino su potenciación más absoluta. El grito de Jesús en la cruz antes de morir nos recuerda el lamento continuo de tantos hombres y mujeres, que han sido arrollados por la ambición de los que quieren conquistar el mundo para sí. Ese es el mismo grito de Dios que en la tumba vacía se convierte precisamente en esperanza que alimenta el espíritu y que hace que la fe sea un fuego abrasador que transforma lo que toca.
El objetivo principal de la vida para el creyente es la donación gratuita de su amor, el compromiso sincero para con la vida de los demás. En este sentido, la fe es una contracultura, una manera diferente de ver las cosas y una continua insatisfacción con las realizaciones personales y sociales. Porque Dios camina a nuestro lado, el creyente se aventura a vivir la vida como don, como oportunidad para construir relaciones nuevas.
¿Es el creyente un ingenuo? No, porque es crítico de aquello que se presenta como absoluto en elstatu quo actual y actúa precisamente con el atrevimiento del que quiere una mayor posibilidad de vida. Pero, al mismo tiempo, confía a ciegas en el Dios que nació en un pesebre y que colgó en una cruz, para otorgarnos una vida que estalla desde nuestro corazón hasta la eternidad.
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