Costa Rica, Domingo 16 de diciembre de 2007

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Rodolfo Cerdas

Ojo Crítico

politólogo

Los cambios casuísticos al Reglamento de la Asamblea, demuestran la urgencia de hacerle una reforma general y profunda.

Aunque para entrarles a las reformas necesitamos siempre tocar fondo, el mal es muy viejo y ya no sirven los parches y los acuerdos de ocasión. Se le ha hecho mucho daño a la Asamblea, perjudicado la democracia y debilitado la conexión ciudadanía-representación, como para intentar seguir con esa práctica.

Este es un buen momento para cambiar. Vivimos una transición del sistema de partidos: el PLN es cada vez menos un partido y cada vez más una maquinaria electoral; el PUSC, semiviudo del PLUSC, solo disputa quién presiderá su entierro; y el PAC, tal vez el Libertario, el Frente Amplio y el PASE, deben convertirse en partidos alternativos y permanentes.

Pero hay mucho miedo de cambiar. Se prefiere inventar mil y un recovecos, como el famoso 41 bis, que entrarle a una reforma general del Reglamento, que lo modernice y establezca con claridad los derechos y deberes, las obligaciones y recursos, de fracciones y diputados.

Es erróneo apoyar esas maniobras de circunstancia, torcidas y manipulables por quienes ostentan circunstancialmente el poder y no exigir reformas funcionales, democráticas, flexibles y, sobre todo, permanentes, que posibiliten un debate útil y satisfactorio y eliminen, como recurso torpe y dañino, el filibusterismo en el uso de la palabra y en la presentación de mociones, que solo desprestigia e impide la toma de decisiones.

Esta incapacidad de autorreforma le ha permitido a algunos calificar como enemigos de la democracia a quienes se oponen lealmente al gobierno o a quienes se resisten a que la Asamblea se convierta en sello de hule del Ejecutivo.

Lo que ha sucedido con las leyes de implementación es una muestra clara de que hay madurez para lo contrario. Hay que rechazar tal simplismo. Los más feroces enemigos del parlamento democrático han provenido tanto de la extrema izquierda como de la derecha recalcitrante y los oportunistas de toda pelambre.

Todos han usado esas fallas para atacar no el mal funcionamiento, sino los valores democráticos esenciales: la tolerancia, la lucha de ideas y el respeto de las minorías.

Hay que evitar el incremento del desprestigio de la Asamblea, la devaluación de la democracia y sus principios y que se presenten las opiniones contrarias como obstáculos menospreciables que solo hacen perder el tiempo y no valen la pena ser atendidos.

Hay que erradicar esa actitud prepotente y políticamente torpe. Si, como se dice, los muros tienen oídos, algunos deberían haber descubierto, hace rato, que sus oídos tienen muros.

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