Costa Rica, Jueves 13 de diciembre de 2007

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Joaquín Trigueros León | joaquintrigueros@costarricense.cr

El Señor de las Estrellas

 El origen de todo es un amanecer basado en la fuerza creadora de la inteligencia

Ingeniero

Como un poema que nos prepara para la Navidad, Benedicto XVI, en su encíclicaSpe Salvi , nos recuerda que, gracias a la estrella que los guió, los Magos encontraron y adoraron al Niño. Y ese acontecimiento fue el fin de la astrología, pues quedó claro que la estrella giraba según la órbita establecida por Dios. “No son los elementos del cosmos”, nos dice el Papa, “las leyes de la materia, lo que en definitiva gobiernan el mundo y el hombre, sino que es un Dios personal, quien gobierna las estrellas, es decir, el universo”. Aquel mundo pagano, poco a poco, se abría al Dios que se revela, y dejaba atrás los antiguos ritos y los mitos viejos. Ya no era un laberinto de fuerzas contrapuestas habitado por misteriosos dioses en continua pugna. El Génesis vencía la inquietante y atemorizante leyenda babilónica de Marduk, que había partido el cuerpo del primer dragón en dos para dar origen al cielo y la tierra, y, de la sangre que brotó del reptil, formar al hombre que, irremediablemente, llevaría ese plasma demoníaco de rebelión y de maldad, nacido de la violencia.

¿Qué o quién estuvo “en el principio”? Posiblemente, la gran pregunta que surge es saber si “la razón” se haya en el origen de las cosas o no. Se trata de saber si todo lo que existe a nuestro alrededor surgió por pura casualidad, o sea, “en el principio era lo irracional”, o si el origen de todas las cosas –“en el principio era el Verbo”– es un primer amanecer basado en la fuerza creadora de la inteligencia.

Razón, voluntad, amor... Si la respuesta sobre el origen fuera la casualidad y el azar, habría que aceptar que lo racional es fruto de lo irracional y la medida de todas las cosas sería la evolución, la lucha por la supervivencia, la victoria del más adaptado: en el fondo, un ethos cruel, sin esperanza. No habría más razón, producto de la irracionalidad, que el dominio del más fuerte y el imperio de la mentira, de la rapiña y del miedo. Pero, si en el principio estaba la razón, la voluntad, el amor, o sea, una Persona, afirma Benedicto: “entonces, el inexorable poder de los elementos materiales” –a lo que se reduciría todo si no fuera así– “ya no es la última instancia; ya no somos esclavos del universo y de sus leyes, ahora somos libres”.

El relato bíblico de la Creación resulta ser como la “Ilustración” central de la historia, que manifiesta con luz del mediodía la realidad del origen del “proyecto ser humano”.

La Navidad disipa las tinieblas de la esclavitud, traduce y comunica, informa de una manera sencilla la complejidad anterior y nos lleva a los cristianos a representar en nuestros hogares el portal de Belén con la estrella que brilla. Así recordamos a esa Persona, ese Niño que nació hace siglos y nos trajo la esperanza: “Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme –cuando se trata de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de esperar–, Él puede ayudarme” (Spe Salvi, n. 32 ). Es un Dios todopoderoso que se hace un recién nacido para que nos acerquemos con confianza y juguemos con Él; se hace hombre para solidarizarse con nuestra debilidad –se “compadece”– y se deja clavar en una cruz para comprarnos con el precio de su Sangre.

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