Costa Rica, Miércoles 12 de diciembre de 2007

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Julio Rodríguez | envela@nacion.com

En Vela

¿Es posible que un padre de familia conduzca un vehículo borracho con su hijo de cuatro años dormido –o despierto– en la parte trasera? ¿Este es un padre de familia o un secuestrador, un ser humano racional o un demente? Y, si expuso la vida de su hijo en esta forma, ¿qué nombre le pondremos, de acuerdo con el Código Penal?

Pues bien, tal como se ha informado en estos días, el domingo pasado, a las 11. 30 p. m., un hombre (¿hombre?), de 38 años, fue apresado por la Policía de Tránsito en Esparza. Este héroe registró una alcoholemia de 2,11 miligramos de licor por litro de sangre, cuando el límite máximo es de 0,49. A su paso por la oficina del Tránsito, derribó unos estañones colocados en la vía como retenes. Gracias a este aventón, que alertó a la Policía, hoy están vivos el padre (sic) y el hijo.

El tipo no tenía idea de este mundo. Adujo, el muy valiente, que llevaba al niño al hospital de San Ramón (cuando el de Puntarenas estaba cerca); es decir, fingió una enfermedad del hijo para encubrir su borrachera. Pasada la medianoche, el enamorado de Baco tomó un taxi y se fue para su casa, un riesgo, por cierto, por cuanto ¿quién podía garantizar que no le iba a exigir al chofer que lo dejara en una cantina para seguir la tanda?

Mas lo dicho no es todo. ¿Dónde se emborrachó? Ya fuese en una casa o en una cantina, ¿por qué sus familiares, sus amigos o el cantinero no reaccionaron ante el abuso de licor y, más aún, a la hora de disponerse a conducir en estas condiciones? ¿Será que la cultura del guaro ha llegado a tales extremos en nuestro país que ni siquiera el riesgo que corre un niño, en manos de un irresponsable de siete suelas, borracho hasta los tuétanos, no suscita un sentimiento de auxilio o de cuidado, común hasta en los animales?

Desventuradamente, esta es una escena común en nuestro país, en casas, fiestas o cantinas. Un padre –o una madre– conduciendo borracho, con sus hijos o familiares en el vehículo, es un episodio enraizado en la cultura nacional. Como lo es también, el padre o la madre que maneja con sus niños o bebés en el asiento delantero sin reparar en las consecuencias mortales de esta conducta irresponsable.

El respeto a los niños, en toda sus formas, da la medida cabal del genuino avance de una sociedad, de una familia o de una persona. Si este parámetro –esencia de la doctrina de los derechos humanos– se satisface plenamente, todo lo demás viene por añadidura. Si no, toda calamidad personal o social es previsible y posible.

Un buen tema para esta Navidad.

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