Costa Rica, Martes 11 de diciembre de 2007

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Miguel Miranda Sandí

El valor superior de la Navidad

 Mucho más importante que los regalos es el amor

Profesor universitario

La Navidad es uno de los momentos más hermosos de cada año. Empezando por el cambio climático, la colocación de iluminosos adornos, la preparación de exquisitos alimentos, las fiestas y los oficios religiosos y, muy particularmente, el intercambio de obsequios, todo lo cual, evoca una época especial que despierta gran ánimo en la población. Se trata, entonces, de una algarabía colectiva.

Pero ¿cuál es realmente el significado de la Navidad? Obviamente no podría uno ser tan presuntuoso para dar una respuesta como la única verdadera y posible, pero al menos sí podemos expresar nuestro pensamiento que, desde luego, estará influenciado por la propia vivencia y experiencia. Una vez, por ejemplo, escuché a una persona decir que para ella la Navidad no tenía ningún sentido, y bastaba conocer un poco de su infancia para comprenderla.

Significado cierto. Se ha dicho que la Navidad es para los niños, y por ello se tiene como costumbre obsequiarles juguetes y ropa nuevos. También, por el hecho del consumo masivo, se ha escuchado decir que en la práctica la Navidad es para los comerciantes. Sin embargo, es importante recurrir al origen de la Navidad para entender su significado y para comprender su valor supremo.

Primero, la Navidad nos recuerda fundamentalmente el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo, y –con ello– la institución de su gran ministerio en la Tierra a favor de la humanidad misma. Con esto estamos entendiendo que el significado de la Navidad es muy diferente al que generalmente tenemos hoy, en especial cuando lo asociamos exclusivamente con las relaciones de consumo, que en muchos caso se vuelven irracionales.

Por otra parte, al percatarnos que la Navidad evoca los principios cristianos de solidaridad, amor y hermandad, comprendemos –a la vez– que su valor superior está determinado por el bien común, lo que significa un desprendimiento del yo para ocuparnos solidariamente de los semejantes, sobre todo de aquellos que más lo necesitan. Está bien procurarse bienes económicos para vivir y mejorar la calidad de vida, pero mejor si lo hacemos pensando en los demás.

Valor real. Hay muchas formas de hacerlo, empezando –como nos lo decía la recordada Madre Teresa– con nuestra propia familia. Pero lo más importante es enseñando a nuestros hijos el verdadero valor de las cosas; ellos deben entender que los padres de familia no tienen la obligación de despilfarrar todo el dinero en asuntos innecesarios, incluyendo el aguinaldo en juguetes, por ejemplo, solamente para corresponder irresponsablemente a sus caprichos, o a los caprichos de quien sea.

Desde los hogares, tenemos la obligación moral de reeducarnos respecto al significado de la Navidad. Es lindo regalar y también recibir, pero más importante aún es darnos amor. Con amor podemos comprender perfectamente, y aceptar sin objeciones que, cuando no se pueden comprar cosas, porque no hay dinero o porque existen otras prioridades, la Navidad sigue teniendo sentido. Con amor podemos compartir con nuestros semejantes, en cualquier época del año, lo mucho o lo poco que tenemos.

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