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Jorge Guardia |
En Guardia
Economista
La información deLa Nación el pasado 8 de diciembre fue impactante: ‘Pensiones con rentabilidad negativa en noviembre’ . Perdieron plata. Algo –o alguien– falló. ¿Quién fue el canalla?
Los trabajdores perdieron ¢4.000 por persona, y las operadoras, en conjunto, registraron una pérdida de ¢5.467 millones. Por fortuna, la rentabilidad acumulada de las operadoras en el año fue positiva, pues alcanzó un 11%. O sea, no perdieron hasta la camisa; solo algunas prendas.
No es lo mismo una pérdida que una perdida. Pero no hay que culpar a las operadoras por las pérdidas ni juzgar que por haber perdido lo perdido son unas perdidas. Según información emanada de la Supen, todo se explica por los cambios en las valoraciones de los mercados financiero y cambiario, pues deben registrar sus activos al valor cotidiano de mercado. ¿Satisfechos?
Pues, no. Es una explicación simplista. Las verdaderas preguntas son por qué cayeron las cotizaciones cambiarias y por qué varió el rédito de los títulos en colones súbitamente en noviembre. También se debe indagar por qué los rendimientos han bajado tanto, al punto de volverse negativos en términos reales. Por ejemplo, la rentabilidad nominal este año fue del 11%, pero la real llegó apenas a un 1%. Mal parados quedaron los pensionados para enfrentar el costo de la vida al llegar su merecido descanso.
La verdadera respuesta yace en las políticas monetaria y cambiaria. Las tasas de interés han venido cayendo por exceso de liquidez, pero la inflación no se redujo al mismo ritmo. La rentabilidad en colones se volvió negativa, afectando el parimonio y réditos de las operadoras. El Central, preocupado por el impacto en el ahorro, anunció en noviembre que subiría las tasas de interés para controlar la inflación. De inmediato, el precio de los títulos cayó en el mercado para exigir rendimientos mayores. Pero el Banco, en vez de ajustar las tasas, decidió bajar la banda inferior pensando –creo yo– en lograr el equilibrio, salirse del mercado y dejar de emitir para poder controlar el IPC. Aunque su intención era buena, las operadoras sufrieron pérdidas por partida doble: cayeron los precios de los títulos en colones y en dólares. Y, aunque mantenían una proporción relativamente baja en activos dolarizados, no los habían vendido porque aquel aseguró no estar dispueso a bajar las bandas. Ellas, ni nadie, lo esperaban. Y ahí perdieron las prendas. Para evitar nuevas pérdidas (y perdidas), habrá que controlar la inflación y abortar la discrecionalidad cambiaria. En un mercado libre cada cual evalúa el riesgo y toma sus propias decisiones, sin dejarse confundir por las autoridades.
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