Costa Rica, Sábado 8 de diciembre de 2007

/OPINIÓN

Estadísticas Resultados Posiciones Calendario Jugadores
Nacion.com

Édgar Espinoza

AL Grano

Periodista

Con perdón del Papa, a propósito de su reciente barbeada a los incrédulos, ha llegado más bien la hora de ocuparnos de salvar esta vida, de la que tenemos absoluta certeza, en vez de la otra, todavía a merced de los pajaritos de la fe. Nuestra casa, el planeta, está en llamas, y más que una moral religiosa con su mirada puesta en el más allá, estamos urgidos de otra, tangible, práctica, rotunda, que nos ayude a crear conciencia de este peligro inmediato, pues infierno aquí e infierno allá, no se vale.

Si él fuera consecuente con la humanidad, esta propuesta me la debería aplaudir el propio Vaticano porque, de lo contrario, ¿de cuáles nuevas almas se nutrirá el cielo cuando, en razón del cataclismo ambiental que se cierne, ya no existamos? Quizá no sea mala idea, entonces, poner “en pausa” un ratito las diligencias divinas que tratan de procurarnos una parcelita de gloria en la eternidad, y echar mano de la ciencia moderna para entendernos mejor como sociedad en esta potrerada global. Dios mismo estaría encantado.

No dudo, claro, que esta fórmula tenga sus riesgos, como el de que, tras descubrir que el ser humano es polígamo por naturaleza, la ciencia desconozca la vieja sentencia del “no desearás a la mujer de tu prójimo”, tan escrupulosamente cristiana, para ponerla en su dimensión más prosaica, es decir “desearás a tantas mujeres y a tantos hombres como quisieres”. ¡Y todo el mundo como trastornado! (Los gais que esperen a que se aclaren los nublados del sexo).

La religión tiene que aceptar que la naturaleza nunca fue su fuerte y que nada mejor que la ciencia para asumir ese rol. Si no, que lo digan Galileo y Darwin. O el propio Génesis, cuya mitología cristiana concibió al hombre al sexto día de la creación, justo cuando el mundo estaba al rojo vivo. (Lo sigue estando). ¡Y encima le manda tamaña serpiente! Para eso, me quedo con el Génesis de Bertrand Rusell, quien lo hubiese reducido a seis palabras: “En el principio, no hubo principio”. La ciencia, en cambio, nos hubiera ahorrado veinte siglos de dogmas, hogueras y miedos ontológicos.

De ahí que, para resolver nuestra crisis de sobrevivencia terrenal, lo sensato sea negociar ya mismo con la Iglesia unaddendum a nuestra carta de intenciones con Dios para que, por un buen tiempo, nos desentendamos del más allá, que de por sí no tendrá problemas de sobrecalentamiento global –a excepción del infierno, claro–, y luchemos por salvarnos aquí primero de modo que, incluso la otra salvación, la definitiva, recobre su alicaído sentido religioso. Damos por descontado, desde luego, que durante ese período de gracia, gozaremos del libre peaje a sus repastos. ¡Amén!

ARCHIVO COLUMNISTAS
EN VELA
JULIO RODRÍGUEZ
EN GUARDIA
JORGE GUARDIA
AL GRANO
EDGAR ESPINOZA
OJO CRÍTICO
RODOLFO CERDAS
ENFOQUE
JORGE VARGAS
POLÍGONO
FERNANDO DURÁN
SERVICIOS En tu Celular En tu PDA Fax Horóscopo Cartelera de cine
| GRUPO DE DIARIOS DE AMÉRICA | ESTADOS FINANCIEROS DE LA NACIÓN | ANÚNCIESE EN LA NACIÓN | TARIFARIO DE LA NACIÓN | TRABAJE EN LA NACIÓN
© 2007. GRUPO NACIÓN GN, S. A. Derechos Reservados. Cualquier modalidad de utilización de los contenidos de nacion.com como reproducción, difusión, enlaces informáticos en Internet, total o parcialmente, solo podrá hacerse con la autorización previa y por escrito del GRUPO NACIÓN GN, S. A.
Si usted necesita mayor información o brindar recomendaciones, escriba a webmaster@nacion.com
Apartado postal: 10138-1000 San José, Costa Rica. Central telefónica: (506) 247-4747. Servicio al cliente: (506) 247-4343 Suscripciones: suscripciones@nacion.com Fax: (506) 247-5022. CONTÁCTENOS