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Julio Rodríguez | envela@nacion.com |
En Vela
La noticia de ayer es escueta y terrible: “Joven mata a ocho y se suicida en centro comercial”. El asesino, Robert Hawkins, de 19 años, dijo en una nota que quería “morir con estilo”. Como en las películas. En la mayor parte de las películas, la gente importante muere con gracia y devoción estética.
Fue la séptima matanza del año, de este estilo, en EE. UU. En otros países, las matanzas, a punta de coches bomba, tienen otro tono y otro propósito, abrevadas, generalmente, en el fanatismo ideológico o religioso. Se mata también por motivos revolucionarios. La palabra revolución tiene, al parecer, un poder taumatúrgico: lo permite todo. En su nombre, el comunismo despanzurró cerca de 80 millones de seres humanos. El nazismo, demoníaco y racista, además de la guerra, que dejó una estela de 40 millones de muertos, liquidó a 6 millones de judíos. El mal absoluto.
Es preciso, sin embargo, distinguir en cada uno de estos episodios, aunque, en todos, la causa final sea la misma: la muerte. La decisión de un joven de tomar un fusil y matar, sin ton ni son, sin motivo definido, entraña, sin embargo, un contenido especial. Su análisis es complejo, quizá más difícil que los otros citados que, prima facie, encuentran una motivación clara y concreta. Parecieran que resaltan tres causas comunes: la facilidad, en el mundo de hoy, de adquirir un arma para matar; la carga de violencia y de muerte –con estilo o sin él– imperante en la cultura actual, y, sobre todo, la pérdida del sentido de la vida.
Una de las tantas aberraciones de la sociedad norteamericana es precisamente esta: la compra de armas, como el pan o la ropa, en nombre de la libertad, liderada no por asesinos o mafiosos, sino por prominentes personajes, y, además, estimulada y protegida por los tribunales de justicia, encargados de velar, teóricamente, por los derechos humanos y la seguridad ciudadana. En cuanto a la carga de violencia y de muerte, está a la vista, en cada uno de nuestros hogares en el mundo entero, desde la niñez hasta la muerte. Con razón dice Karl Popper que, con la televisión actual, veneno de la niñez, en cada hogar, la democracia no tiene futuro.
La enfermedad del siglo, de este y del anterior, se llama tedio o aburrimiento. Legiones de seres humanos, muchos sumergidos en un mar de bienes materiales, vegetan sin esperanza y, por lo tanto, sin sentido de la vida. En cualquier momento, sacan el fusil del armario, el suyo o el de sus padres, y matan para divertirse. Y, como la matanza no los divirtió, se suicidan. A ellos, a los que viven sin esperanza y sin sentido, dedicó el papa Benedicto XVI su reciente encíclica.
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