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Luis G. Jiménez Arias |
Ética de las terapias celulares
El embrión tiene una continuidad que lo lleva a ser partícipe de la vida
Bioeticista
Para la teólogos católicos el genoma no predetermina a un ser humano, en su lugar el hombre es profundamente dependiente de Dios, quien ha puesto un alma en cada humano desde el momento mismo de la fecundación. Observándolo desde otra perspectiva puramente biológica, este óvulo fecundado, al cual llamamos embrión, es un grupo de células, no se ve alma alguna en él, no tiene forma de hombre.
Desde una esquina filosófica sí podemos razonar qué o quién es el embrión humano; podemos decir que es la maravilla de la vida humana en su comienzo: después de todo alguna vez tuvimos esa forma y tamaño. Al simple ojo, sin escudriñar en su genoma, podría ser cualquier hombre o mujer de cualquier raza, imposible de reconocer, lo cual nos recuerda que todos fuimos creados de la misma manera. Este embrión posee precisamente una continuidad que lo llevará a nacer y ser partícipe del ciclo natural de la vida, es adicionalmente una unidad biológica funcional, es persona humana desde el momento mismo de la fecundación o nunca podría, racionalmente, obtener el estatus de humano.
Por muchos años hemos insistido en los derechos de los embriones, en que todo lo que en el se haga sea para su beneficio. políticos, autoridades eclesiásticas, bioeticistas, filósofos, teólogos, abogados y muchos otros hemos salido en defensa de la vida humana en sus inicios. Un problema que afrontamos a diario es como conciliar el quehacer y libertad de los científicos, en la investigación con fines terapéuticos, con los valores éticos.
El mayor recurso que el hombre posee es su inteligencia y gracias a ella vemos con agrado cómo, en lugar clonar humanos, o de crear embriones con el fin de matarlos para obtener células madre, Shinya Yamanaka y su equipo de la Universidad de Kioto en Japón, y James Thomson, de la Universidad de Winsconsin-Madison en Estados Unidos, han encontrado la forma de reprogramar células madre adultas de la piel, regresando su reloj biológico.
De este modo, se podrán obtener las tan codiciadas células madre, que hasta ahora algunos científicos, en su visión miope, creían que solo podrían obtenerse mediante la creación de embriones o la clonación humana. Más nos llena de regocijo cuando vemos que científicos como el escocés Ian Wilmut, el creador de Dolly, desea unirse al equipo de Shinya Yamanaka porque ha visto en ello no solo mayores posibilidades de éxito en sus investigaciones, sino porque no tienen los limitantes éticos. Vienen a mi memoria las palabras del Benedicto XVI en ocasión de la clausura del Congreso sobre Terapia con Células Madre en Roma en 1l 2006: “Cómo no sentir el deber de felicitar a los que se dedican a esta investigación (de la células madre adultas ) y a los que sostienen su organización y sus costes”
El negocio de las células madre esta floreciendo y para muchas empresas, las cuales ven en las patentes de las líneas células embrionarias un negocio millonario y se creían en capacidad de dictar las orientaciones de la investigación medica, los hallazgos de Yamanaka y Thamson han sido toda una lección a su egoísmo. El Concilio Ecuménico Vaticano II nos recuerda que “Dios ha destinado la tierra y todo lo que ella contiene para el uso de todos los hombres y naciones… bajo las directrices de la justicia con caridad y compasión”. Las células madre son universales y forman parte de esta herencia divina y no deben ser vistas únicamente como fin de lucro, sino como una herramienta a la disposición médica para el bien de todos.
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