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Polígono Fernando Durán Ayanegui |
Bola y Circo
QUíMICO
Corría 1945 ó 1946. Estaba sentado junto a mi padre en la parte baja de una rústica gradería del estadio de Alajuela viendo un partido entre la Liga y el Club Sport La Libertad.
El encuentro no me interesaba, tal vez porque no entendía bien las reglas del fútbol o, más bien, porque toda mi atención estaba concentrada en esperar el intermedio para que mi padre cumpliera la promesa de comprarme un helado de sorbetera.
Cerca de nosotros, un vozarrón pedía a cada rato la muerte de cierto “hijo de mala madre”, pero en lo poco que duró el partido no pude discernir si se refería al árbitro (réferi, decíamos) o al portero del Libertad.
De toda forma yo observaba el balón solo cuando lo pateaban por alto y en algún momento escuché cómo, detrás de mí, un serio señor de sombrero negro opinaba que “por esos patadones tan altos se nota que está jugando la Liga”.
El estadio estaba lleno, había muchas mujeres y una gran cantidad de mocosos y casi todos los espectadores varones fumaban sin parar. Se bebía con entusiasmo y estoy seguro de que no todo eran refrescos, pues de pronto un mal pitazo del réferi hizo que la gradería entera se agitara de manera caótica y el cielo se oscureciera detrás de una espesísima nube de botellas. “Salgamos ante de que nos partan la jupa”, fue todo lo que dijo mi padre antes de agarrarme de la mano y arrastrarme hasta el portón de salida.
Yo creí que lo había dicho para eludir el cumplimiento de su promesa, pero me di cuenta de que lo juzgaba mal cuando, minutos después, al pasar frente a la refresquería La Torcaz (todavía no se llamaban sodas) se detuvo y me compró un helado de vainilla.
Siempre me he preguntado cómo pudieron meterse tantas botellas en el estadio y cómo fue que el hospital San Rafael no se llenó de pacientes con traumas craneales, pero, pensándolo bien, colijo ahora que en aquel zafarrancho no volaron más de quince botellas, número ridículo si se toma en cuenta que en el estadio no podía haber menos de quinientos aficionados al guaro de contrabando.
Todo se explica porque a lo largo de mi vida, cada vez que recordaba el incidente mi imaginación duplicaba el número de botellas que “había visto” rielar en el aire, y con el paso de los años el cielo de mi memoria se fue convirtiendo poco a poco en un pesado domo de vidrio. Vengo, así, a dar fe de que la barra manuda comenzó con sus ramalazos hace más de sesenta años, y a predecir que en el año 2057 otro viejo desmemoriado contará que en noviembre de 2007 vio salir, en un centenar de ambulancias, dos mil heridos graves del Estadio Alejandro Morera Soto.
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