Costa Rica, Sábado 1 de diciembre de 2007

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De la Redacción

Ronald Matute

Paz en carreteras

Periodista

El pasado 27 de noviembre, mi hijo, de solo seis años, tuvo dos malas experiencias en carretera.

Desde su silla, ubicada en el asiento de atrás, vio a dos hombres con aspecto de buenas personas transformarse en energúmenos en cuestión de segundos.

El primero lo observó conmigo. Viajábamos, en la mañana, sobre la carretera Braulio Carrillo con rumbo a su kínder. Cerca del Restaurante Doña Lela, doblamos a la izquierda, en el cruce que lleva a Moravia, con la tranquilidad de que no venía ningún carro de frente.

De repente, un Mercedes Benz negro se dejó venir a toda velocidad desde el otro extremo de la intersección para tomar la misma ruta que nosotros. Yo le pité y frené. Mi recompensa por haber evitado un choque fue una catarata de gritos que no llegué a entender, pero cuyo contenido imagino.

No le dije nada. Simplemente me quedé viéndolo y con las manos le indiqué que se fijara que detrás venía mi hijo. El “caballero” se molestó más, aceleró y se fue.

Reanudé la marcha. Entonces me volví hacia donde mi hijo para ver cómo estaba. Él iba en silencio y con los ojos bien abiertos. ¿Qué pasa, papá?, me preguntó. Yo solo atiné a responder: “Es que ese señor se brincó un alto”.

Horas después, en la noche, mi esposa con ocho meses de embarazo y mi hijo transitaban cerca de Los Colegios con rumbo a la casa, cuando el bus número 107 de la Empresa Guadalupe Limitada, placas SJB 5937, salió abruptamente de una parada y se atravesó en su camino.

Mi esposa pitó para evitar una colisión. El chofer la esperó en el semáforo ubicado frente al Banco Cuscatlán, abrió la puerta del bus y descargó un vendaval de insultos y palabras soeces contra mi esposa. Mi hijo, asustado, vio en silencio esta escena sin entender qué estaba pasando.

Yo tampoco entiendo qué está pasando. Los ticos nos estamos volviendo verdaderos salvajes en las carreteras. Andamos con la epidermis muy delicada y explotamos con cualquier cosa. Pero lo peor es que nuestros hijos están viendo todo, asimilando todo y, lamentablemente, aprendiendo todo.

Es hora de que las autoridades y los ciudadanos busquemos soluciones concretas y efectivas para reducir la cantidad de conductores malhumorados. Hay que promover la cortesía en carretera, el manejo responsable y la humildad para aceptar cuando cometemos alguna falta.

Es hora de que cada uno de nosotros, antes de encender el vehículo, respiremos muy hondo, contemos hasta mil y le pidamos a Dios que nos dé mucha paz.

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