Costa Rica, Sábado 1 de diciembre de 2007

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EDITORIAL

Solidaridad en el Día del Sida

 El sida no es “una cosa de la que no se debe hablar”

 La ciencia sin conciencia acarrea la ruina del ser humano

Hoy, hace 27 años, el mundo conoció al que habría de ser uno de los grandes fantasmas de la actualidad: el sida. Entre las metas oficiales del milenio se cuenta encontrar, por fin, la cura que nos librará de su terrible poder de devastación. En cuestión de unos pocos años el presupuesto del Fondo Mundial del Sida ha pasado de ochenta millones a billones de dólares. Las compañías farmacéuticas del mundo entero compiten por dar con la vacuna que habrá de controlar lo que en diversas regiones del mundo es ya considerada una pandemia capaz de diezmar poblaciones con virulencia no inferior a la de la peste negra del siglo XV.

A un paso estamos de dar con la fórmula. Pero el problema desborda con mucho el campo de la ciencia médica, en tanto que, por prejuicio y superstición, la enfermedad se ha convertido también en una terrible afección espiritual, en un pretexto colectivo para ejercer la segregación. La Ley General del Sida estipula enfáticamente que la persona seropositiva no debe ser discriminada en ningún ámbito humano (aulas, espacios laborales, deportes, congregaciones religiosas, áreas de circulación pública). La letra es clara. Pero no la praxis social, y ello porque el prejuicio no se combate únicamente con leyes. Una vez promulgadas las leyes, es cuando lucha comienza.

Lo último que solemos desterrar del espíritu es el prejuicio. Y la única arma que tenemos contra él es la educación, que va mucho más allá de la mera información. Los panfletos, las charlas, todo eso es necesario. Pero si hay una facultad que el sida nos da la oportunidad de desarrollar es la solidaridad. Eso no lo encontraremos en los panfletos. Eso forma parte de un sistema de valores basado en el respeto absoluto a la integridad humana.

Solidaridad y compasión forman un binomio humano inestimable. La palabra debe ser entendida etimológicamente: com-pasión, esto es, padecer-con, compartir el dolor del prójimo. Cultivar la capacidad de ponernos en su lugar, de vivir virtualmente su martirio. Un esfuerzo supremo de empatía. Sin esto toda ley es letra muerta. Así entendida, la compasión no tiene nada de humillante para quien la suscita. Es un sentimiento que ennoblece al ser humano. Sentir compasión por un enfermo nos convierte automáticamente en socorristas activos. La compasión pasiva no sirve para nada. El Día Internacional del Sida es precisamente eso: un ejercicio mundial de solidaridad y compasión. Si nuestras pesquisas médicas no van acompañadas de un compromiso ético con la persona seropositiva, entonces estamos confinando al ser humano a meros tubos de ensayo.

Nuestra misión no es sancionar socialmente, juzgar o señalar al enfermo como alguna vez lo hiciéramos con los leprosos. Debemos informar a la persona seropositiva de las precauciones que ha de observar para tener una vida sexual segura y no hacer daño a quien ama o simplemente desea, pero no debemos colgarle del cuello la atroz campanita anunciadora de la peste. Estamos muy lejos de lograr este objetivo. El prejuicio campea aún, tenaz, insidioso, en la mente de muchas personas. El sida es todavía una de esas cosas “de las que no se debe hablar”. Acarrea la muerte social de quien lo padece. ¡Como si no fuera ya suficiente tener que lidiar con el monstruo!

Una cosa es combatir un virus, y otra, muy diferente, combatir a quienes lo padecen. Solidaridad: he ahí el verdadero espíritu del Día Internacional del Sida. No es solo un ejercicio o un desafío médico: la ciencia sin conciencia acarrea la ruina del ser humano.

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