Costa Rica, Sábado 1 de diciembre de 2007

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Édgar Espinoza | eespinoza@nacion.com

AL Grano

¡Ahora sí! Preparémonos para un San José (y un país) muy distinto del que conocemos. Preparémonos para un San José que romperá con lo que queda del tradicional. Porque en este que se extingue convivieron una vez la mansión del rico y las “cuatro tablitas” del pobre. ¡Todavía me acuerdo: los unía la Costa Rica amable! Y en el nuevo, su modernidad se erige sobre una fractura social que lo parte en dos, el imponente y el indigente.

Los 15 o más rascacielos de condominios y oficinas que se construirán próximamente en los alrededores de La Sabana son apenas un atisbo de ese San José refulgente. Espantada por la inseguridad pública, y respondiendo a los rigores de la moda, del estilo de vida y de la oferta económica, la gente se apertrecha ya en las alturas o entre las tapias perimetrales de los residenciales exclusivos, para recuperar algo de la privacidad y tranquilidad perdidas por culpa de un Estado que solo suscita compasión.

Ni me quiero imaginar lo que ocurrirá en el área del Gimnasio Nacional cuando, con ese Manhattan josefino ahí, la autopista a Caldera y las proyectadas cuatro vías al costado sur de La Sabana, la masa de carros, más el tren, converjan en la intersección de la calle 42. Si ahora es un manicomio en las horas pico, cuando se activen todas esas obras será de suicidio colectivo. ¿Cuál será el menú de sobrevivencia que el MOPT y la Municipalidad de San José nos ofrecerán en esa batalla campal?

Porque, si no nos estafan otra vez, la autopista a Caldera será la que marque el derrotero del futuro San José. Como Escazú está que se revienta, Santa Ana va por el mismo camino y Ciudad Colón ya coquetea con elboom desarrollista, la esperada vía será determinante para drenar la capital hacia el mar, donde, según la canción, la vida es más sabrosa. Se volverá un Nilo de asfalto en cuyas márgenes se asentarán las nuevas generaciones para enlazar la solemnidad de la corbata josefina con la cordialidad del ceviche porteño.

Y, claro, todo ese Pacífico Sur, de paisajes sobrenaturales, se perderá de vista. Con esas playas de poesía, desde ya lo veo devastado, como el Guanacaste de hoy, por la misma furia inversora que no respeta nada por más que se hable de impactos ambientales y planes reguladores. Al final, por la plata, nadie pide permiso sino “chorimiso”. Lo mismo el Caribe: ya muchos novios también le habrán puesto el ojo a sus selvas primitivas para sustituirlas por elresort , el casino y el burdel de exportación.

“¡Había una vez un país llamado Costa Rica… Y, colorín colorado, nos lo han quitado!”

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