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Universidad y mordaza Alejandra Castro B. Profesora UCR y UNED En La Nación del 18 de agosto, la señora Monserrat Sagot , directora del Consejo Universitario de la UCR, en lugar de debatir sobre el fondo del artículo que la suscrita publicara contra de los pronunciamientos de esa universidad respecto a la autonomía universitaria y el TLC, me desprestigia en lo personal con una serie de falsedades que me obliga a aclarar, pues tergiversan el contenido de mi opinión. En ningún momento insulté a la Rectora o al Consejo Universitario y muchísimo menos a los estudiantes, como maliciosamente señala la señora Sagot. Lamento que en su intolerancia percibiera como insulto lo que en realidad fue una crítica con claras pretensiones de sostener un debate valiente, abierto y respetuoso. Las palabras de la representante del Consejo Universitario reivindican la violencia y evidencian que la Universidad ya olvidó debatir con argumentos. Pero el insulto sólo deshonra a quien lo infiere. Persecución laboral. Para desacreditarme, dice la señora Sagot que yo no soy docente de la UCR y que mi vinculación a esa Universidad se limita a un nombramiento de dos meses. Lamento que en su persecución laboral no investigara mejor, pues habría advertido que mis libros llevan sello editorial de la UCR y que, siendo una de las académicas más jóvenes de la institución, por dos años consecutivos he recibido distinción pública de la Escuela de Administración de Negocios, que me califica como una de las mejores docentes de esa Facultad. En los últimos cinco años ocupé el puesto de Encargada de Cátedra del curso Instrumentos de Comercio Internacional, y de profesora del curso Economía Gerencial y Negociaciones Internacionales, en la misma escuela. Además, imparto cursos en la Maestría en Administración Pública, con énfasis en administración aduanera y comercio internacional, en la Maestría en Auditoría de Tecnologías de la Información y en la Maestría en Negocios Internacionales de la Universidad de Costa Rica, algunos de los cuales los he impartido gratuitamente. Como muchos docentes de la UCR, no estoy nombrada a tiempo completo ni en propiedad y mis nombramientos han sido temporales pero continuos, por lo que no tengo derecho a elegir a los miembros del Consejo Universitario, pero sí a opinar sobre las acciones de la Universidad de la que me gradué y en donde –muy a su pesar– soy docente regular. Fuentes falsas. Tampoco me motiva –como afirma– un interés particular con alguna empresa y lamento poner en evidencia su desinformación, pues soy solo una funcionaria pública que sabe de negocios. Puede que sus fuentes sean falsas o desactualizadas, y en todo caso absolutamente antojadizas. No obstante, me queda claro que para usted es reprochable que una docente sea también empresaria, principios que definitivamente yo nunca inculcaré a mis estudiantes. Aclarado lo anterior, me surge de sus palabras una duda: ¿Acaso solo los funcionarios de la UCR podemos hablar de la Universidad? ¿Qué impide a cualquier costarricense comentar y hasta disentir de los acuerdos del Consejo que usted dirige? Quiero pensar que seguimos viviendo en una democracia donde la libertad de expresión nos cobija a todos. Es cierto que no existe una directriz universitaria expresa que coarte esa libertad, pero, leyendo su artículo y en virtud de su investidura, es evidente que la mordaza existe. Me queda claro, señora Sagot, que en sus palabras peligra que se me siga nombrando como docente, y me queda claro que está prohibido disentir. Pero soy universitaria y seguiré luchando por el prestigio de la Universidad en la que tanto creo. Para ello, me basta y alientan las palabras de apoyo de mis estudiantes (esos que usted dice que no existen), que son a quienes me debo y por quienes seguiré defendiendo a la institución. Es una contradicción que cierre su artículo alegando que las universidades son un espacio de construcción crítica y creativa del conocimiento, después de haberse negado al debate mismo y recurrido a la violencia verbal y personalizada. Yo sí quiero una construcción crítica y quiero una universidad tolerante, donde podamos opinar con clase, sin insultos, sin amenazas, sin miedo a que las autoridades universitarias nos desacrediten por pensar. Bien lo decía Gandhi: “La violencia es el miedo a los ideales de los demás”.
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