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Las mujeres quieren ser acosadas

Cuatro anuncios llenos de mal gusto y carentes de creatividad

Gustavo Román Jacobo
Abogado

Debo comentar cuatro pautas publicitarias que presentan, de forma socialmente aceptada, acoso sexual contra las mujeres. Acostumbrados estábamos a la cosificación y mercantilización de un modelo de cuerpo femenino. En nuestra sociedad, este es público y el efecto de su despiadada homogeneización, en punto a la bulimia, anorexia y otros dolores, estaba asumido. Pero la publicidad de Gillette, Clorets, Speed Stick y Powerade innova al utilizar temerarias acciones invasivas contra cuerpos de mujeres como anzuelo comercial.

Gillette promete al clásico galancete que, si se rastrilla bien los poros de su cara, puede aprovechar que una mujer vaya dormida en el autobús, tal vez después de un extenuante día de trabajo, para acurrucarse en su hombro con claras miras hacia sus pechos. Desde luego, la bella durmiente despierta enternecida con el fino acercamiento de la aterciopelada faz. Curioso, mientras presenta la imagen del sujeto recostándose en el hombro de la mujer dormida, el comercial dice que su rasuradora tiene el efecto ¡de atraer mujeres! Para Clorets, basta con masticar sus gomas verdes para estar debidamente certificado a efectos de aterrizar la cabeza en los muslos de la mujer que se le antoje a uno en cualquier sala de espera. La muchacha, como corresponde al género femenino ante las iniciativas masculinas, se inclina a besar al chicloso abusador.

Invitación al delito. Según Speed Stick, si se anda bien untado su alcohol en la axila y no se transpira en el peor bochorno, es válido activar el freno de seguridad del vagón del tren urbano para que un racimo de hermosas modelos caiga encima de uno. Ellas, como lo supondría cualquier rufiancillo tocón, lo invitan con sus miradas a realizar el delito. Pero es Powerade el que más se preocupa de la integridad física de las mujeres; después de todo, en su anuncio no se les toca sin permiso: sólo son perseguidas, en un parque metropolitano, por una jauría de sujetos ávidos de sus cuerpos. Ellas, sorteando el tránsito, huyen visiblemente halagadas por el acoso.

Los cuatro anuncios, además de su mal gusto y total carencia de creatividad, comparten idéntica estructura: los hombres son los sujetos activos del curso de los acontecimientos; y las mujeres, simples receptáculos de deseos ajenos. Los hombres despliegan un acto típico de acoso sexual, en lugares públicos, hacia mujeres desconocidas que reaccionan favorablemente al comportamiento invasivo. Lo más grave es que dicho comportamiento (que, de ser ejecutado contra la hija de uno de los publicistas “responsables”, acarrearía formal acusación), es presentado como signo de audacia masculina y seductora virilidad. Peor aún: en los cuatro anuncios, las mujeres parecen invitar, o al menos provocar, el ataque, con lo que este queda socialmente justificado.

Cotidiana y sistemática. El exacto paralelismo no significa que las agencias publicitarias “responsables” estén conspirando contra las mujeres, poniéndose de acuerdo en lo que comunican. Evidencia, más bien, la resistencia de la idea cultural, patriarcal, según la cual las conductas descritas en nuestra legislación como acoso sexual son propias de la masculinidad, válidos amagos de conquista. Explica también por qué, pese a los progresos en legislación que ha hecho nuestro país para garantizar los derechos fundamentales de las mujeres, la violencia contra ellas continúa siendo cotidiana y sistemática.

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