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En Vela


Julio Rodríguez


No sé por qué, en estas semanas he recordado el dicho de un profesor italianoin illo tempore : “Con un poder absoluto, hasta a un burro le resulta fácil gobernar”. Era un profesor que enseñaba no solo por lo que sabía, sino, sobre todo, por lo que era, como debe ser. Y bien sabía que llegaría un tiempo, en la vida de sus jóvenes alumnos, que aquellas semillas iban a fructificar.

El poder absoluto no solo corrompe o envilece, sino que atonta. ¡Cuán grandes fueron Locke y Montesquieu! Este poder puede fundarse en la política, pero también en el dinero, y si es la combinación de ambos, el envilecimiento propio y ajeno es total. Hugo Chávez encarna esta realidad. Sin el poder inmenso del petróleo, sería, por su incultura, un simple bufón.

Pero no hace falta el petróleo. Un individuo audaz y bribón puede, poco a poco, construir un pequeño imperio con base en una de las armas más poderosas de la humanidad: el chantaje. Y ¿cómo se arma el chantaje? Mediante el dinero, los privilegios, los pequeños favores, o bien, el conocimiento de las debilidades o devaneos del otro. La KGB condensaba esta estrategia en la fórmula MEI (Money, ego, inversión). Se cumplía así a cabalidad la sentencia de Unamuno: “Quien entrega su secreto vende su libertad”. De ahí en adelante, la servidumbre. Esto nos explica largos silencios.

Vienen a punto estos conceptos por la presencia de algunos capos o padrinos en Costa Rica. En el pasado y ahora. El capo que compra la conciencia de sus electores, mediante viajes, favores, licores, nombramientos, amigas y danzas. A la hora de la elección, tiene el triunfo asegurado. Es un pésimo administrador y un pillo, pero ha logrado administrar el miedo, que produce el ciento por uno.

En Costa Rica tenemos varios capos. Su poder reside en el chantaje, padre del miedo, creado por 10, 20, 30 o más años, a punta de pitanza, cuya consecuencia es la cooptación o voto de los mismos. El fenómeno, por ello, de la rebelión y de la denuncia contra los capos no deja de ser un buen síntoma nacional, aunque, en un caso de ellos, los encargados de investigar y de hundir el bisturí hayan actuado conforme a la mejor escuela tica: el palanganas o el pelele.

Pero, vamos, tras tantos años de miedo e impunidad, algunos se han distanciado y han decidido hablar y actuar. Les está llegando la hora a algunos capos, señores de horca y cuchilla en sus feudos y hasta en el territorio nacional, cuya representación han usurpado. Ojalá este ejemplo se propague sobre el presente y sobre el pasado. Sobre los capos y los que han medrado a sus anchas y bajo su alero protector.

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