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La mordaza

Voltaire agregaba al final de cada carta: “Aplastemos al infame”

Rodrigo Madrigal Montealegre
Politólogo

Voltaire detestaba el dogmatismo, la intolerancia y el fanatismo, y se supone que a esas aberraciones se refería cuando, en la abundante correspondencia que mantuvo con intelectuales y monarcas, al final de cada carta solía agregar un anatema en forma enigmática: “¡Aplastemos al infame!”.

Es realmente lamentable que el jefe de Estado nunca tomó la iniciativa de renegociar el TLC, como un noble gesto de tolerancia, respeto y conciliación hacia una enorme masa que se opone a que el país sea lanzado a la fosa de los leones, con la valentía que tanto le admiramos cuando impidió que nos arrojaran a la hoguera bélica que devoraba a la región, porque perdió la oportunidad de unir a la nación.

Mediante el referéndum y como única depositaria de una soberanía que usualmente delega en sus representantes, la ciudadanía debe asumir la seria responsabilidad de tomar una decisión que, por su vital importancia, involucra el destino de las futuras generaciones, reviviendo la antigua democracia directa, tolerante y participativa de los antiguos atenienses.

¿Cómo es realmente? Pero, para tomar su decisión, el pueblo necesita verificar si el TLC es realmente un pacto digno, solidario, magnánimo y fraternal entre dos pueblos hermanos, e inspirado en la lealtad, la hidalguía y la buena voluntad, con el que la nación grande, opulenta y poderosa es generosa con el país pobre, diminuto y débil.

Debe saber si, por el contrario, es un negocio entre gitanos que nos trata como a violín prestado ya que, para venderles nuestro bártulos, entregamos las aduanas, los mercados, las riquezas naturales, el mar territorial, las telecomunicaciones, las instituciones más venerables y los escombros de soberanía y que solamente omite eljus primae noctis o derecho de pernada de los señores feudales.

Para que los ciudadanos voten, plenamente informados de las alternativas, sus implicaciones y sus consecuencias, es necesario que los protagonistas de ambos bandos –encabezados por el jefe de Estado, el abanderado del TLC y su rival electoral– se enfrenten en debates serios en los que, como gladiadores ideológicos, defiendan sus postulados con seriedad, claridad y convicción.

Si en vez de duelos entre mentes privilegiadas de ideólogos e intelectuales en la palestra de las ideas, nos ofrecen discusiones bizantinas sobre el sexo de las ángeles o cuántos caben en la punta de un alfiler, que solo confunden y desorientan, los ciudadanos votarán a ciegas y los recintos electorales se convertirán en casinos, donde los votos en las urnas serían como apuestas en las ruletas.

Más grave aún es la intoxicación saturada de fanatismo y satanización, así como la manipulación que atiza las fobias, las filias y las pasiones más primitivas, en un clima de pan y circo, donde las promesas se disipan como los espejismos del desierto Los alambiques que, en lugar de ideas, solo destilan odio, miedo y veneno, están provocando la confrontación más grave desde 1948.

Noble legado. Pero lo más burdo y peligroso es la paranoia de quienes se quedaron nadando en las arenas de un macartismo trasnochado que, con la aviesa intención de provocar una cacería de brujas y una degollina pinochetista, estigmatizan como rojos a quienes defienden las conquistas e instituciones más nobles que nos legaron don Pepe y el Doctor.

Otro recurso repugnante es la mordaza. Por eso, causa profunda alarma e indignación que –como un homenaje a la libertad de pensamiento–, el canal 13 clausure el programa Diagnóstico, donde un eminente intelectual dirigía debates inteligentes y penetrantes. Igual suerte corrió el programa Prisma Político en el que, con Dionisio Cabal, disfrutamos el ingenio de don Alberto Cañas, a Jorge Guardia y a eruditos de todos los credos. Pero la censura se impone donde se perpetra el grave delito de reflexionar, debatir y disentir.

Más grave aún es la sordina que, recurriendo a la intimidación, le impusieran a la Iglesia Católica porque, fiel a los postulados medulares de conmiseración, justicia y solidaridad humana, cometió la osadía de emitir juicios adversos al TLC.

Ahora tratan de aplicarle la mordaza a la Universidad de Costa Rica porque su rectora defiende su autonomía, la libertad de cátedra y la obligación de mantenerla como un faro y un foro de reflexión, tanto en sus claustros, como en sus radioemisoras o en el semanarioUniversidad , cuya lectura es esencial para comprender plenamente el TLC.

Este intento adicional de castración mental evoca a Millán Astray, el general franquista que, con su guardia pretoriana, profanó la Universidad de Salamanca, espetando el insolente grito de “¡Muera la inteligencia!”. La sabia respuesta de don Miguel de Unamuno, el anciano filósofo y rector, se inició con una frase lapidaria que nos recuerda a Voltaire: “¡Ustedes podrán vencer –porque cuentan con la fuerza bruta–, pero jamás lograrán convencer!”.

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