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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com El sábado La Nación abrió con esta noticia: “Baja en natalidad vacía escuelas y kínderes” en Costa Rica. La información se las trae. No puede pasar inadvertida. Estamos recogiendo los frutos de un profundo cambio cultural, así como de una campaña intensiva para reducir la población. Al parecer, es uno de los pocos campos en que el país puede mostrar “logros” concretos. ¿Buenos o malos? Esta es la cuestión. ¿Se previeron sus consecuencias? No lo creemos. Sería una excepción en un país donde el planeamiento o la previsión son retórica pura. Por ser este un asunto trascendental, cabría, entonces, esperar que nuestras autoridades y especialistas en la materia tomen estos datos en sus manos y se pregunten, más allá de desvaríos ideológicos o lenguajes políticamente incorrectos, si se va a dejar hacer o pasar, o si, por el contrario, vamos a echarle un vistazo al horizonte de nuestro país en el futuro. ¿Una población crecientemente envejecida? ¿Los menos a cargo de los más? ¿Qué nos dice la experiencia de otros países, hoy envejecidos, más cercanos a la muerte que a las fuentes de la vida? ¿Menos niños en Costa Rica? Para los contralores de la natalidad, desde oficinas públicas y privadas, un triunfo; para los natalistas a ultranza, una tragedia. Para los que tenemos otra visión del ser humano: la paternidad responsable, con todo lo que esto significa, a sabiendas de que este aspecto capital poco importa. Es más fácil y cómodo reducir que educar. Además, no faltarán los que digan: “el que viene atrás que arree”, aunque después venga el diluvio. ¿No ha sido esta, acaso, la mentalidad imperante en nuestro país en casi todos los órdenes, en particular en el político? Por ahora, se seguirán cerrando escuelas y disminuyendo el número de educadores. Así, los grupos serán más reducidos y los estudiantes –¡oh ilusión!– recibirán, según dicen, una educación más esmerada. Una reducción cuantitativa no supone necesariamente un mejoramiento cualitativo, pero, vamos, ojalá fuera verdad tanta belleza. Comencemos, al menos, con desterrar un enemigo feroz: las simplificaciones y las simplezas, esto es, la creencia, tan arraigada, de que basta con soplar para hacer botellas y, en este caso, de que, con menos niños y niñas en el panorama nacional, en suma, con menos gente, poco a poco vamos a resolver los problemas del país, aquellos que, por más de 30 años, pesan sobre nuestras espaldas y que ningún Gobierno ha atacado a fondo. Si gobernar ha consistido, por décadas y décadas, en pagar la planilla mensual y en crear instituciones, ¿qué nos garantiza que ahora sí, con menos población, vamos a encontrar el camino? Sueños de opio…
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