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/LA NACIÓN

Lo que el viento se puede llevar

A veces, de la palabra al hecho, no hay mucho trecho… ni, menos aún, cívico tiempo

Andrés Fernández
andfer1@gmail.com
Arquitecto

Si como se dice, de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno, una de ellas, sin duda, es la que últimamente viene rondando, con aires de angélica mesura, algunas opiniones sobre el tema político del momento. Se trata, una vez más, del clásico palanganeo tico, pero en una variante circunstancial, que mantiene intacto aquello tan nuestro del no a comprometerse con nada y del quedar bien tanto con Dios como con el diablo a la vez, al sostener temerariamente y sin matiz alguno, la paridad absoluta entre las posiciones a favor y en contra del TLC.

Porque ni son absolutas ni homogéneas esas posiciones respecto a dicho Tratado ni quienes las sostenemos hemos realizado entre nosotros pacto de sangre alguno. Por ejemplo, a favor estamos quienes tenemos nuestras reservas sobre el punto, pero compartimos con otros de la misma acera que los beneficios de su ratificación son mayores que los perjuicios que el no hacerlo pueda acarrearnos como país.

Decentes y comprometidos. Mientras, en contra del Tratado el cuadro tiene otros matices, pues hay en ese sector ciudadano gente decente y comprometida con el bienestar de los costarricenses y que de buena fe y razonadamente adversan lo que consideran innecesario, inoportuno o perjudicial en él, pero otros hay también que simplemente lo que desean es desestabilizar la República y el modo en que tradicionalmente hemos conducido en este país nuestros asuntos.

Deja así de lado ese galimatías de pretensiones dialógicas al que hacía referencia, que, si bien en un régimen republicano y liberal como el nuestro se tiene derecho a disentir de las opiniones de los otros y que esa es una de las razones primordiales de su existencia, a lo que no hay derecho alguno es a salirse de las reglas que lo amparan, así sea de modo retórico. Y eso es lo que está sucediendo desde hace mucho tiempo ya, con un sector de la oposición al TLC que, abiertamente y sin decoro alguno, está llamando a los costarricenses a la insubordinación frente al orden establecido y a las instituciones que lo representan, a recurrir a las vías de hecho contra ellas y, sin más ni más, a la violencia callejera.

Radical diferencia. Puede decirse lo que se quiera de quienes estamos a favor del Tratado –y de todo, sin duda, se ha dicho ya–, excepto que desde nuestro ciudadano acuerdo hayamos cohonestado la subversión, así sea con nuestro silencio. Y eso es una radical diferencia con respecto a aquellos que, si de buena fe se alinean con el NO, nada han hecho por diferenciarse lo suficiente de quienes tienen otros intereses en juego y, a juzgar por sus aliados internacionales y las gollerías y corruptelas nacionales que defienden, no son esos, precisamente, el bien del país y de los nuestros.

Esa diferencia política, clara y fundamental entre una y otra posición, deberían tenerla en cuenta quienes claman paridad cuando no concordia. Porque las palabras, es cierto, se las lleva el viento; pero ese mismo viento, ideológico y cargado de una semántica falaz y retorcida, puede llevarse en banda nuestra realidad institucional si no la paramos a tiempo, si no la denunciamos siquiera o si somos cómplices de ella, al callar lo que también sabemos que es cierto: que a veces, de la palabra al hecho, no hay mucho trecho… ni, menos aún, cívico tiempo.

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