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Sociedad y Servicios Solo hay un hogar para los chiquitos mayores de 3 años, hijos de prisioneras Ángela Ávalos y Charlotte Marie aavalos@nacion.com Jennifer Scarlett Scarlett es una mujer privada de libertad; tiene 33 años y carga con la responsabilidad de criar a seis hijos. ¿Cómo hacerlo desde la cárcel El Buen Pastor, adonde ingresó por tráfico de drogas hace un año y aún le falta descontar una condena de cuatro años más? Mujer sola, con una familia de escasos recursos residente en Siquirres, Limón, Scarlett tuvo la suerte de que la casa cuna de la cárcel la deje estar con Joshua, su pequeño de siete meses. El primer pie que ella puso en esa cárcel, el 29 de agosto del 2006, lo hizo sin saber aún que estaba embarazada. Así que Joshua creció en su vientre mientras ella estaba entre rejas, y el único paisaje que conoce desde que nació es el que le ofrece esta cárcel de mujeres. Sus otros cinco hijos –de 16, 14, 12 y 8 años– están repartidos con familiares en su Siquirres natal. Pero la mayor, de 16 años, desapareció sin dejar rastro. Ni ella ni nadie de su familia sabe dónde fue a parar y, lo peor, sin poder hacer nada desde la prisión ubicada en San Rafael Arriba, Desamparados, San José.
Congojas. El 89% de la población penitenciaria de El Buen Pastor tiene hijos. Sin embargo, no todas pueden tener cerca a sus niños mientras cumplen la condena. La casa cuna de ese penal cuenta con una capacidad reducida. Entre 20 y 25 presas con uno o, a lo máximo, dos hijos. Los niños mayores de tres años ya no tienen cabida allí pues el criterio de especialistas indica que no es apropiado tenerlos en la cárcel. Los mayores pasan al Hogar Santa María, donde tampoco hay mucha capacidad para dejar a todos los hijos de estas mujeres. Por eso, como dijo Kattia , de 36 años (se reserva la identidad a pedido suyo), la peor condena para estas mujeres es estar separadas de sus niños. Kattia estará presa 20 años por robo. “Somos madres de diez minutos”, explicó esta mujer. Explicó: “Diez minutos es lo que te dan para llamar por teléfono, dos veces al día. Es el único momento en que podés conversar con ellos (los hijos)”. Esta mujer tiene tres chiquitas, con quienes nunca podrá compartir sus años de juventud. Las dos mayores, de 18 y 15 años, viven con familiares en el cantón de Buenos Aires, Puntarenas, de donde es oriunda. Durante los primeros seis años de prisión Kattia casi no podía dormir porque sabía que la más pequeña de sus hijas –que ahora tiene 11 años– estaba “rodando”. En todo ese tiempo, la niña pasó por 11 casas diferentes. Ahora, Kattia logró que el Hogar Santa María (administrado por un grupo sin fines de lucro) le diera espacio a su pequeña para vivir allí. Todas estas mujeres madres comparten la experiencia de haber llegado a la cárcel por una mala decisión: tráfico, robo o asesinato. Muchas, también comparten el dolor de haber sido abandonadas por el padre de sus hijos. Jennifer Espinoza, de 22 años, cada día arregla su cuarto como una verdadera habitación de niños, para que Ramsés, su hijo de dos años, no se dé cuenta que vive en una cárcel. Ella sueña con salir de ahí con Ramsés y no verlo alejarse solo mientras ella termina su condena lejos de su primogénito. La crianza de su hijo fue más fácil con la ayuda de su amiga Lauren Mora, quien el viernes pasado salió en libertad del penal de la mano de su pequeña.
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