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Sociedad y Servicios Nicolás Aguilar R. naguilar@nacion.com A las 11:45 p. m. del jueves los travestis Tifanny y Rachel ríen a carcajadas al costado oeste del Liceo de Costa Rica mientras esperan la llegada de algún cliente. Llevan más de siete años en el negocio y, según dicen, “hay que tener paciencia porque nuestros hombres nunca faltan”. Sus honorarios son similares a los de cualquier otro trevesti de San José; dependen mucho de los caprichos del usuario. Generalmente cobran ¢10.000 por algunos minutos, pero el monto puede subir en caso que el cliente desee pasar con ellos más tiempo, en alguna casa o apartamento lejos de su sector de trabajo. “Ahora tenemos más competencia porque andan muchos adolescentes vestidos de mujer, pero les ganamos en experiencia”, exclama Rachel , una “macha” de piernas largas y aspecto juvenil. Los clientes llegan en taxi, en automóviles, incluso en busetas, especialmente después de las 11 p. m. y seleccionan rápidamente al travesti que les gusta. Por lo general parecen apurados, en parte porque temen ser vistos por conocidos o ser detenidos por oficiales de la Fuerza Pública que aparecen de pronto en la zona. “Hay policías que llegan solo para pedir plata, pero los espantamos porque conocemos nuestros derechos”, dice Tifanny . Reconocen que, a diferencia de años anteriores, “en este Gobierno no hacen redadas ni nos detienen a la pura bulla como antes”. Los dos dicen vivir “cómodamente” con los ingresos que obtienen, incluso velan por la manutención de varios familiares. “Hay que ser ordenado porque la plata como viene se va. Yo cuido a mi mamá y me compro todo lo que quiero”, añade. En una noche pueden atender de 10 a 15 clientes, cantidad que se puede duplicar “los días de pago, cuando llegan montones de hombres a buscarnos”. Un travesti puede ganar unos ¢100.000 por noche, monto que aumenta hasta ¢150.000 en “esos días de buenísima suerte”. “Me cuido mucho. Me hice varias operaciones y mi aspecto atrae a muchos hombres. Incluso, tengo clientes fijos a los que visito en sus casas”, relata Vanessa , curvilíneo trigueño de metro setenta y dos de estatura. A su lado, otro travesti, quien dice llamarse Nicole , corre para subir a un tráiler que aparece de pronto, cuyo conductor lo busca cada jueves a la misma hora. Al regresar cuenta: “Me pagó ¢20.000” y quedamos de vernos mañana para una fiesta” en su apartamento. “Hay clientes que se vuelven amigos, nos cuentan sus penas y hablan mucho de los problemas con sus esposas; ellos buscan en nosotros la felicidad que no tienen en sus casas”, asegura Nicole.
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