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Trapolectura Fernando Durán Ayanegui ferduraya@racsa.co.cr La mejor prueba de que el hábito de leer puede ser tan banal como el de comer anchoas la ofreció un crítico literario local que llamó charlatán a Jorge L. Borges porque la enciclopedia que este menciona en uno de sus cuentos no existe. La segunda en el género la dio un ministro de Educación a quien, habiéndosele pedido que opinara sobre la contaminación visual del paisaje urbano causada por los rótulos publicitarios, respondió que a él le parecía muy bien que “esos comerciales” fueran tan abundantes porque gracias a ellos los ticos evitábamos el riesgo de volvernos analfabetos por desuso. O sea que, si un niño asiste a una escuela pública y en el camino pasa frente a diez grandes vallas con anuncios de refrescos, baterías, televisores, lavadoras sin colesterol, ropa interior femenina, cigarrillos, sopas enlatadas, garroteras, purgantes y bicicletas, ya puede llegar cada día al centro educativo y dedicarse toda la mañana a patear bola, pintar muñequitos o barrer el patio. No pasa año sin que aparezca una iniciativa más o menos oficial dirigida al “estímulo de la lectura” como si por el solo hecho de tener en cada ciudadano un lector empedernido se pudiera lograr la cura del cáncer o la abolición de los terremotos; y, a juzgar por lo que los políticos y los dirigentes del gremio educativo declaran a la prensa, la gestación de buenos lectores es una de las más absorbentes preocupaciones de los gobernantes o, por lo menos, de la porción del gobierno que algo tiene que ver con la educación. Pero en esa materia nunca se pasa de la fase meramente declarativa: por ejemplo, se reconoce que los libros son muy caros, pero los recursos que el Estado dedica a la dotación de las bibliotecas escolares –para no hablar de las llamadas bibliotecas públicas, ni una por cantón, mal atendidas y en general inaccesibles– es ridículamente reducido. Ciertamente, así como hacen falta instructores para que los niños aprendan a jugar buen fútbol, hacen falta maestros que les enseñen a leer bien. Sin embargo, las barriadas brasileñas en las que los niños pobres aprenden, con bolas de trapo y sin instructores, a jugar al balompié, son grandes semilleros decracks (calambur involuntario) que le han dado a Brasil varios campeonatos mundiales. De modo que podemos estar tranquilos ante la eventual carencia de buenos maestros, pues es posible que los anuncios de trapo que figuran en las camisetas publicitarias usadas por los niños pobres ticos sirvan para practicar la buena lectura mutua y llevarnos, algún día, a ser campeones mundiales de… algo.
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