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Comentarista del evangelio: Estrecha y angosta…



¿Cuántos se salvarán? He ahí una cuestión que busca ser respondida por Lucas en la sección de su evangelio por la que andamos hoy.

Luego de la pregunta que se le dirige inicialmente, Jesús habla de “esforzarse” por entrar por la puerta angosta. La expresión griega que es usada en el evangelio (“ agonizomai ”), para indicar el empeño que se debe poner por entrar por esa puerta, denota la realización de un gran trabajo, de un despliegue de fuerzas casi formidable.

Lo que sigue llama la atención de modo particular: “muchos intentarán entrar y no podrán” (v24b). ¿Qué quiere dar a entender el Señor con esta expresión? Ante todo una cosa: el esfuerzo se debe hacer ahora, en este preciso momento es el tiempo de hacer el intento de ingresar por esa puerta y no otro. Ni mañana, ni pasado mañana, es en este momento.

La parte final del texto del evangelio de este Día del Señor advierte que nadie tiene su lugar en el Reino asegurado. Ni por razones de cercanía, familiaridad u origen se puede dar nadie por seguro. Todo lo contrario: vendrán de lejos, de situaciones insospechadas y hasta señaladas o marcadas por la exclusión, gentes muy diversas se acercarán e ingresarán al Reino. En cambio, podrá ocurrir que los más autosuficientes y seguros queden excluidos precisamente por su soberbia y falsa seguridad.

La imagen de la puerta estrecha y de la puerta cerrada nos llama en el día de hoy a una reflexión pausada. Es desagradable, un poco angustiante. Basta con recordar experiencias personales al tener que enfrentarnos a multitudes tratando de entrar por donde el espacio no es suficiente, o bien, cuando nos hemos encontrado puertas cerradas en lugares donde teníamos necesidad de entrar con urgencia.

Hay que pasar por la puerta y hay que evitar encontrarla cerrada para nosotros. Esa sería como la gran consigna. El asunto es cómo. Y la respuesta clave es la conversión continua tanto personal como comunitaria. Vivir realmente “ in statu conversionis ”.

Ambrosio de Milán decía que la conversión es “volverse a Cristo y mirarle de frente” (Tratado sobre los misterios, 1). Pues sí, de eso de trata. Cada uno debe pasar por transformaciones incesantes del propio modo de pensar, juzgar y actuar impulsados por el amor a Dios. Y, si esto ocurre en lo individual, a nivel comunitario las cosas han de ser parecidas. La comunidad eclesial cristiana tiene que estar en una reforma constante que le permita ser fiel siempre a su misión de ser sacramento universal de salvación para todos y en todas las circunstancias.

Las tareas están así claras y descritas. Y, por supuesto, la puerta angosta allí está aguardando.

P. Mauricio Víquez Lizano.

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