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Mensaje reflexivo Bien ha hecho la Conferencia Episcopal en reiterar principios y valores esenciales de nuestro paísEl referendo del 7 de octubre rebasa el TLC para proyectarse en la eficacia futura de nuestro sistema democrático Los obispos católicos de Costa Rica presentaron al país, el jueves pasado, un mensaje reflexivo condensado sobre los temas tratados en la Conferencia Episcopal del 20 al 23 de agosto anterior. Por su relación directa con la situación actual del país y por contener señalamientos concretos acerca del futuro de Costa Rica, creemos necesario formular un comentario sobre el particular. En el primer punto, relativo a la Quinta Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, celebrada en Brasil, del 13 al 31 de mayo pasado, se enuncian cuestiones importantes sobre la vida interna de la Iglesia Católica. Aunque algunas de estas escapan a la atención periodística, es justo hacer referencia, aunque sea tangencialmente, a temas vitales para nuestros países, cuya reiteración, en el marco de la dignificación de toda persona humana, pone de manifiesto su jerarquía en la agenda social y política. Esta comprende necesariamente la marginación, la pobreza, el derecho a la vida, el secuestro, la explotación sexual, el narcotráfico, el terrorismo, la violencia, la honradez, la educación o la política ambiental. Alrededor de estos asuntos debe formularse la estrategia política nacional. Sobresale, asimismo, en esta primera síntesis, la referencia a “una Iglesia fiel y creíble”, dos adjetivos precisos que, a la vez, apelan a la clase política y a los gobernantes en su ámbito propio. La fidelidad a los principios y valores, esto es, su vivencia en la práctica, al dar luz y servir de guía o de ejemplo, engendran y afianzan la credibilidad, sin la cual las palabras se desvalorizan y la hipocresía suplanta al buen ejemplo. El desfase entre lo que se dice o se predica, y los hechos o la conducta diaria suelen ser la causa común y más eficaz del menoscabo de una institución o de la autoridad de un dirigente en cualquier campo. Ni la religión ni la política ni cualquier otra actividad humana escapan a esta realidad. Su recuerdo es oportuno. Oportuna ha sido, asimismo, la referencia al referendo del 7 de octubre próximo, “un momento de denso significado y de serias consecuencias para la historia democrática costarricense, en el que –como expresan los obispos– buscamos nuevos horizontes para el Estado y la sociedad”. No podía decirse mejor con más palabras. El referendo tiene valor por sí y por sus efectos, y, además, no se reduce, como queda dicho, a la aceptación o rechazo de un tratado comercial, sino a nuestra propia democracia. Interpretamos esta declaración no solo como un acto de fidelidad al sistema democrático, por el acto de votar, sino por la proyección de este voto en el futuro democrático del país, en cuanto a la gobernabilidad y a su eficacia en la solución de los problemas del país. Esta es la visión correcta del referendo. A este tenor, no podían faltar, en este mensaje, la mención del voto como acto de conciencia y de libertad; la necesidad del diálogo, en su relación con el bien común; el rechazo de la violencia y de la confrontación, y, sobre todo, “el respeto hacia todos y la confianza en la labor del Tribunal Supremo de Elecciones”, factores esenciales para “engrandecer y fortalecer nuestra democracia”. Un sector, dichosamente minoritario del país, ha cuestionado estos valores y ha renegado de la institucionalidad democrática en estos años y, con más ahínco, en estos meses. Bueno es, por ello, que las más altas instituciones del país, en los más diversos órdenes, como, en otras ocasiones, lo ha realizado la Conferencia Episcopal, asuman una posición transparente y rectora.
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