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Al Grano Édgar Espinoza edgarespinoza@nacion.com Uno entra a un supermercado cualquiera y, bueno… ¡Caras vemos, mañas no sabemos! Ese par de damas elegantes que conversan animadas frente a la estantería de licores, quizá no estén hablando de su reciente viaje a Miami ni del último episodio de su telenovela preferida, sino más bien de cómo sustraer el güisqui o vino más fino sin ser sorprendidas por las cámaras ocultas entre los pasillos. En estos días, al entrar en uno de esos locales, los gritos de una mujer me hicieron creer de momento que alguien la agredía. Yo, como caballero, me preparé para entrar en combate convencido de que ayudar a una dama en esos trances siempre deja sus réditos. ¡Réditos morales, por supuesto! Pero… ¡Falsa alarma! Ella, con un niño a cuestas, acababa de ser descubierta por los vigilantes con diez tarros de leche en polvo entre las piernas gracias a su larga falda volada que le disimulaba el bulto. ¡Con razón aquellos muslazos! Su escándalo solo tenía una razón: suscitar la compasión de la gente y alertar a los cómplices para que acudieran en su auxilio. Esas cámaras de video son implacables. A través de sus monitores, todo se ve, incluso clientes “marcando”, con beso y más, cerca de los jamones, o, como hace poco, una cajera apretándose con el pastelero detrás de las unidades de refrigeración. Tampoco se salvaron de la agudeza de esas lentes tres mujeres que llenaban sus bolsos con paquetes de carne. Y no de cualquier carne, tipo bofe, pecho o jarrete, sino lomito de exportación. Cuando la seguridad les pidió devolver los paquetes, ellas la ignoraron, se carcajearon y siguieron hacia la salida. Como aquella se les plantara en seco, las tres, furiosas, reventaron los paquetes de carne contra el suelo en medio de un selecto repertorio de blasfemias. La vigilancia tiene también en su lista negra a una banda de forajidos que en cuanto las cámaras los detectan, se les impide entrar. La reacción del jefe de estos, por pornográfica, ya es emblemática en esos locales: bajarse el pantalón hasta la rodilla y subirse la camisa hasta el cuello y vociferar: “¡revisame, hijo de p… para que veas que no llevo ni m…!”. Las mujeres, sin embargo, víctimas quizá de su vanidad, ostentan el primer lugar en hurtos de cosméticos, en entrar al “Súper” en chanclas viejas y salir con nuevas y en tirarse el bolso de las clientas descuidadas. ¡Ya lo sabe! Cada vez que vaya de compras al supermercado, sepa que en medio de su música de ensueño, del olor a pancito recién horneado y de tanta modelo obsequiándole rollitos de mortadela, otros, tras bastidores, protagonizan una excitante serie de televisión por circuito cerrado.
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