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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com La detección de 8.400 alumnos drogados o “tomados” en los colegios públicos, en el 2006, como informó ayer La Nación , ¿representa una cantidad significativa o desdeñable? Al parecer, abarca “solamente” el 3% de los 280. 000 estudiantes matriculados en ese año en secundaria. ¿Es poco o mucho? El problema de la adicción es mucho mayor por diversas razones fácilmente discernibles que, además, conforman el gran reto de la violencia. No se trata solo de un acto de medición, aunque esta es necesaria, sino de una toma de conciencia integral. En la nota de ayer hay algunos aspectos determinantes: el entorno social de estos estudiantes (en su mayoría de sectores muy pobres), lo cual involucra también a los colegios privados; la referencia directa con la familia, inexistente, ausente o inconsciente, y la inadecuación del sistema educativo, el gran tema abandonado por Gobiernos, políticos y universidades públicas. Es decir, todo. Al llegar aquí, se plantea una cuestión molesta, obsesiva, pero ineludible: si los Gobiernos, las universidades, los partidos políticos, las Iglesias y, en general, la sociedad civil le hubieran consagrado a la educación –esto es, a nuestros niños y adolescentes– el tiempo, recursos y energía aplicados, por tres años, al TLC, Costa Rica sería un país preparado para enfrentar los más duros retos del mundo actual. El pecado de evasión cometido, por décadas, en este campo escapa de toda imaginación. ( La Nación puede proclamar, por cierto, con auténtico sentido patriótico, que no ha incurrido en esta evasión. La educación ha sido tema constante y sistemático en reportajes, editoriales, proyectos especiales, comentarios, investigaciones y programas en las propias aulas). Pensamos en una madre representativa. “Cuando, desde la ventana, dice, veo a mis hijos partir hacia la escuela o el colegio, una vez que han doblado la esquina, no sé en qué mundo van a entrar”. ¿En la jungla social, como diría Marc Ferro? ¿Qué lustrosas y eficaces armas, qué nutrientes, qué anticuerpos, podemos darles a los niños y a los adolescentes, en el orden intelectual y moral, en cada etapa de su vida, para que puedan enfrentarse al mundo, a la historia y al futuro? Esta es la madre de todas las preguntas y nos compromete a todos, pues la respuesta es de los adultos, tan refractarios a lo esencial. No hay vida –biológica, intelectual, moral, espiritual– sin transmisión, a sabiendas, eso sí, de que la escuela, con ser un factor capital, no tiene la llave de oro. Los espejos se han roto, pero la capacidad de regeneración humana es enorme. Este es nuestro desafío. Todo lo demás es secundario.
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