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El alma de los libros El autor vale no tanto por lo que escribió como por lo que pudo haber escritoEnrique Obregón Valverde Abogado Me gusta leer lo que he leído, la frase subrayada, el pensamiento que me impresionó. Abrir el viejo libro de literatura, amigo de época lejana que creía olvidado totalmente, y descubrir que continuaba siendo amigo y que nos habíamos mantenido en comunicación permanente, pero secreta, silenciosa, como amantes furtivos que necesitan esconder su apremiante relación de amar. El libro viejo, cuando lo descubro, me recibe con alegría de profesor que encuentra de nuevo, al pasar de los años, al discípulo inquieto que tal vez, en su tiempo, apenas lo escuchó. Pero el buen maestro sabe que el murmullo de su palabra, con el paso de los días, adquiere categoría de verdad que el alumno descubre después sin darse cuenta. Al envejecer –el libro como el lector– sorprende la palabra que habíamos encontrado, pero que hasta ahora entendemos, y el acento de emoción que el autor nos dejó sugerido, sin imprimir, entre la página escrita y el sollozo que ahora, al releer, pudimos entresacar.
Lo que no se pudo decir. La mayor parte de los escritores, al morir, van a un cielo aún no descrito por la escolástica, que es el del olvido, y las bibliotecas son como las tumbas que guardan sus restos: el sentimiento y la obra conceptual que pudieron crear. Releer el viejo libro es bajar el alma del escritor del cielo del olvido y pasearla entre nuevos espíritus y viejos paisajes. Entonces, el escritor, enseñando siempre, aclara el límite exacto de las palabras y todo lo que con ellas no pudo expresar. Porque el libro no es lo que se dice, sino lo que no se pudo decir. Al encontrar el libro viejo en la biblioteca, y al comenzar a releerlo, tengo la seguridad de que el alma del escritor ha bajado en ese momento y, detrás de mí, me señala lo que jamás fue capaz de imprimir. Y es que el autor vale no tanto por lo que escribió como por lo que pudo haber escrito, y que ha quedado apenas insinuado en su obra. Solamente a través del tiempo, al releer, es que descubrimos lo que el escritor no pudo profundizar, y que es el alma, ya no la suya, sino la del libro, que una vez escapó de sus manos para siempre, esperando un espíritu abierto en apremiante relación de amar.
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