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Caudillismo dictatorial Con su plan de reforma constitucional, Chávez se acerca más a la dictaduraEl eje del plan es centralizar un poder “perpetuo”, sin contrapeso alguno El proyecto de reforma constitucional presentado el 15 de agosto a la Asamblea Nacional por el presidente venezolano, Hugo Chávez, nada tiene que ver con el establecimiento de un pretendido “socialismo del siglo XXI”, como viene proclamando desde hace algún tiempo. Al contrario, se trata de un paso más en el lento, pero persistente, camino hacia la dictadura, que pasa por una centralización casi absoluta del poder en la Presidencia, y por el intento de mantenerse en ella de forma indefinida. Es decir, la instauración de un caudillismo populista, irresponsable y autoritario, que implica un severo retroceso en la política de su país y, por ende, del hemisferio. La Constitución de 1999, que se pretende reformar, fue impulsada por el propio Chávez, tras su elección en 1998. En ella se mantuvo un esquema de Estado básicamente republicano y democrático, con separación de poderes y con las garantías civiles y políticas necesarias para una adecuada protección de los individuos y de las organizaciones independientes. El período presidencial fue elevado de los tradicionales cuatro años a seis, y se permitió una sola reelección consecutiva. Bajo este texto, se realizaron nuevos comicios, en los que Chávez resultó elegido abrumadoramente, y de nuevo ganó la Presidencia en diciembre del pasado año, por lo cual el límite de su permanencia en el poder es el 2012. La principal de las reformas que ahora propone a 33 artículos constitucionales consiste en elevar de seis a siete años el período presidencial, e introducir la reelección indefinida, es decir, un claro intento de perpetuarse en el poder. Se trata de algo sumamente serio, pero que se torna aún más grave porque, junto a esta posibilidad, se propone un esquema estatal absolutamente centralista, que prácticamente elimina los únicos vestigios de control institucional que aún existen sobre el ejercicio ilimitado del poder por Chávez. Como ejemplo del centralismo autoritario están el fin de la poca autonomía que aún tenía el Banco Central; la creación de “consejos comunales”, directamente subordinados a la Presidencia, que arrebatarían las funciones de los gobiernos estatales y locales, y el otorgamiento de poderes al Gobierno para tomar el control de empresas privadas antes de que los tribunales otorguen órdenes de expropiación. A esto hay que añadir que ya el Poder Judicial está bajo virtual control del Ejecutivo, y que los 167 escaños de la Asamblea Nacional están en su totalidad ocupados por oficialistas, desde que la oposición se negó a participar en las elecciones legislativas del 2005, por falta de garantías. Es decir, si la reforma se aprueba, habrá una verdadera dictadura, aunque pretenda cubrirse con mantos de legitimidad. Como nota curiosa, y evidencia de la ligereza y demagogia de Chávez, otra de sus propuestas es reducir a seis el máximo de horas de trabajo por día, como si fuera posible, por disposiciones de esta índole, reformar una de las bases de la economía. Además, el Presidente puso esta idea como ejemplo de que el país marcha, realmente, hacia el socialismo. Todo indica que el proceso de la reforma se hará de manera atropellada. El martes, y por la unanimidad del oficialismo, la Asamblea aprobó el texto en la primera de tres “lecturas” necesarias para su aprobación y posterior consulta en un referendo, algo que podría suceder en diciembre. El grado bochornoso de subordinación legislativa lo puso de manifiesto el diputado Carlos Escarrá, en estos términos: “El Presidente viene a ser en nuestra Constitución como el sol que, firme en su centro, da vida al universo”. Y añadió: “Esta suprema autoridad debe ser perpetua y permanente”. Si, de cara al referendo, se mantuviera un mínimo clima de libertades, que permitiera a la oposición hacer una abierta campaña, los planes de Chávez podrían ser frenados: varias encuestas documentan el rechazo de los venezolanos al socialismo y a la reelección indefinida, así como su apoyo a la democracia. Pero, como la tendencia ha sido hacia una reducción creciente de las libertades, lo más probable es que toda la fuerza del Estado se use para frenar las voces opositoras e imponer un caudillismo dictatorial del peor estilo.
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