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Opinión Harold Leandro C. hleandro@nacion.com Subeditor Observe detenidamente, pues tal vez usted aún no se ha percatado. Cuando termina un partido de nuestra Primera División, tres, cuatro o cinco hombres fornidos se abalanzan sobre el árbitro central con el supuesto objetivo de protegerlo. Esta acción está más que justificada cuando, al calor del juego, se vislumbra la posibilidad de que el silbatero pueda ser agredido, ya sea por los jugadores del equipo perdedor o por hinchas furiosos. Pero la evidencia nos demuestra que esta situación se presenta en muy pocos casos y que la norma es, por el contrario, que futbolistas se dirigen presurosos a los vestidores y que los aficionados, pese a la derrota de su club, a lo más que llegan es a silbar y recordar la santa madre del hombre de negro. Entonces, si no hay una amenaza real, ¿para qué tanto aspaviento de parte de la seguridad privada? Los entendidos sugieren lo contrario, que los encargados de brindar protección sean discretos y que su presencia solo sea notada cuando realmente se necesite. Un caso infame. Recuerdo un caso concreto y lamentable, cuando Herediano y Cartaginés disputaban la semifinal de 1996 y los brumosos eliminaron a los florenses. Los hinchas rojiamarillos reaccionaron con enojo ante la suerte de su plantel y, algunos, ingresaron a la gramilla del Rosabal. En ese momento, la seguridad privada se retiró a los camerinos, con lo que dejó el campo abierto para que los enfurecidos hicieran lo que les dio la gana con los jugadores de la Vieja Metrópoli. Tras la trifulca, el jefe de los servicios de seguridad privada sostuvo que sus muchachos hicieron bien porque nadie les garantizaba su integridad física. Por supuesto que esto fue solo un ardid para legitimar una agresión sin nombre ni justificación. Es claro que este es solo un ejemplo extremo y que en muchos casos se da un gran servicio, pero también sirve para que se cometan muchas injusticias y se promueva precisamente lo contrario de lo que se quiere prevenir. Por ejemplo, parece que estos funcionarios tienen algún problema de relaciones con la prensa, que es constante objeto de sus desplantes de fuerza. Presidentes y gerentes de clubes y árbitros han tenido que mediar para que estos señores den paso a los periodistas hacia el sector donde se realizan las entrevistas. En algunos casos los he visto actuar con excesiva fuerza, por lo que una fiscalización de ese personal no esta de más por parte del Ministerio de Seguridad.
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