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Ojo Crítico


Rodolfo Cerdas


La desconfianza que frena muchas decisiones de gobierno es el resultado de las mentiras, el incumplimiento de las promesas y la corrupción que se han dado entre muchos políticos, partidos y gobiernos. Olvidaron que la jarana sale a la cara y que ya basta de mentirle al ciudadano.

Por años, la izquierda alarmó anunciando golpes de Estado de la CÍA, y la derecha, movimientos guerrilleros en las montañas. Al final nadie los creyó. Más tarde, llegaron los Paes, presentados como la panacea universal. Poco después, el Banco Mundial, la AID y el FMI reconocieron que habían sido un gran fracaso, del que sus más fieles discípulos padecieron los efectos más negativos. Aquí, como monos, los seguimos al pie de la letra y quizá por eso callamos cuando fue evidente su fracaso.

Luego vino el cuento catastrófico de la deuda interna, que nos ahogaría y acabaría con el país. En un velorio de expresidentes, con don Óscar Arias como pontífice, se concluyó en lo que era la premisa de la reunión: hay que vender “las joyas de la abuela” –expresión de don Rodrigo Carazo cuando se opuso–; es decir, privatizar las instituciones y empresas del Estado. Pero los números no daban y la gente no quería. Por eso la iniciativa acabó en nada. Aun vendiendo al mejor precio, no era suficiente para pagar la deuda. La gente se opuso, el interés decayó y la propuesta fue olvidada. Apareció entonces un pomposo y abigarrado proyecto de reforma fiscal, que terminó archivado también, al hacerse evidente su voracidad tributaria y quiénes en él se escapaban de pagar impuestos y quiénes no.

Hoy es el TLC. Sin él, dice el Presidente, nos lleva el diablo; con él los dueños de Hyundais los cambiarán por BMW y los de bicicletas, por motos Honda o Harley-Davidson. Muchos aplauden, pero otros tantos no lo creen. Porque con tal historial de cuentos frustrados de espanto y felicidad, ¿se podría pensar que ahora sí se tocará el cielo con las manos?

Con TLC o sin él, nos dice un estudio de la CEPAL, Costa Rica continuará adelante, con más o menos dificultades. El TLC no es la panacea universal, como tampoco lo fueron los Paes. Creerlo es ir directo a una fuerte desilusión, erosionadora de la confianza y las instituciones. No caerán del cielo BMW ni Hondas. Para progresar, con TLC o sin él, Costa Rica necesita una reforma educativa profunda que permita conseguir empleos de calidad; y requiere instituciones modernas y eficientes y gobiernos y partidos con credibilidad y dignos de la confianza ciudadana. Es decir, todo lo que no tenemos. Y es que lo que no hemos hecho cuando y como debíamos, ni el TLC, ni nadie, nos lo puede suplir.

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