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¿De nuevo en Medio Oriente? Turquía tiene protagonismo creciente en los asuntos de la regiónAntonio Barrios Oviedo anbarov@racsa.co.cr Profesor Después de décadas de pasividad y sometimiento a los dictados de la OTAN, hoy Turquía vuelve su mirada al Medio Oriente. ¿Es ese cambio producto de extrañar su glorioso pasado otomano, de sus fallidos intentos por integrar la Unión Europea o de la invasión de EE. UU. a Iraq? Cuales sean las razones, hay un creciente protagonismo de Ankara en los asuntos de la región. La sociedad turca, como la política, está cada vez más polarizada. La élite prooccidental que ha moldeado la política exterior de Turquía desde la Segunda Guerra Mundial, ha sido gradualmente reemplazada por una más conservadora, más religiosa y más nacionalista; a juicio de Occidente, más identificada con su pasado otomano. El Partido para el Desarrollo y la Justicia (AKP, por sus siglas en turco), liderado por el actual primer ministro, Recep Tayip Erdogan, se afianza después de las recientes elecciones legislativas, ganándose la simpatía del creciente sector nacionalista ya fusionado con el islam (no radical), pese al característico laicismo turco.
Múltiples pérdidas. Visto como un error por los militares turcos, la decisión de Turgut Özal de aliarse con EE. UU. en la Guerra del Golfo (1990-1991) les traería serias consecuencias. Özal cortó el suministro de petróleo iraquí a través de los oleoductos turcos, desplegó 100.000 tropas en la frontera turco-iraquí y permitió a los EE. UU. la utilización de las bases militares del país. Económicamente, Turquía perdió miles de millones de dólares por el embargo de petróleo a Iraq. Políticamente, heredó un problema mayor con los curdos de su país por el establecimiento de un protectorado curdo al norte de Iraq. Calificado como de entreguista a cambio de nada, Özal fue duramente criticado por los sectores militares y políticos más nacionalistas y conservadores, aumentando las expectativas de una mayor independencia en política exterior. Atatürk, padre de la moderna Turquía, había sugerido que la nueva república debía limitar sus acciones en el Medio Oriente. Empero, desde el 2005, el actual primer ministro, Erdogan, ha variado esa posición histórica, encaminando a Turquía hacia un mayor protagonismo en el Medio Oriente. Este cambio no significa dar la espalda a Occidente, y menos una creciente “islamización” (palabra satanizada por los obtusos en Occidente) de la política exterior de este país. Esto responde a los cambios estructurales en el entorno de seguridad cada vez más precario desde que EE. UU. invadió Iraq. Huelga decir que, si Occidente maneja apropiadamente estos cambios llevados por Erdogan, podría tener en Turquía un puente al Medio Oriente. En la Guerra Fría, Turquía fue la contención estratégica de Europa y EE. UU. contra la influencia soviética en el Medio Oriente. Turquía comparte fronteras muy inestables con otros países y las actuales amenazas a su seguridad son de diversa raigambre: el creciente separatismo curdo, la violencia sectaria en Iraq, el desarrollo nuclear de Irán y la fragmentación del Líbano desde la guerra de Israel contra Hezbolá en el 2006. Mientras este escenario obliga a Turquía a fortalecer sus relaciones con Irán y Siria, las relaciones tradicionales con la Unión Europea y Washington son tibias; con el último en franco deterioro por la negativa de la administración Bush de luchar contra el separatismo curdo en Iraq, incrementando el nacionalismo de los curdos turcos, un problema aún sin resolver en Ankara. Seguridad regional. La normalización de las relaciones entre Ankara y Jerusalén en 1996, probaron ser del todo provechosas para ambos: el primero obtuvo tecnología militar quebrantando el cerco occidental; y el segundo logró vencer el aislacionismo impuesto por los árabes. Sin embargo, la postura de Ankara ha variado a favor del liderazgo palestino, criticando fuertemente la política israelí en Cisjordania y Gaza. Después de las elecciones en Palestina en el 2006, Erdogan recibió a una delegación de Hamás, encabezada por Khaled Mashal, debilitando de forma efectiva la política aislacionista de Israel y EE. UU. contra Hamás. Luego de condenar a Israel por los ataques contra la población civil libanesa en la pasada guerra contra Hezbolá, Turquía envió un contingente pacificador de 1.000 soldados como muestra de solidaridad al Líbano. Esta “inserción” de Turquía en los asuntos del Medio Oriente ya ha provocado fisuras en el AKP, entre el presidente Ahmed Sezer, opuesto a esa política, y el primer ministro Erdogan, anuente a ella. Desde el 2005, el Gobierno de Erdogan ha reforzado sus relaciones con Siria e Irán para luchar contra el PKK curdo (partido de los trabajadores del Curdistán), considerado como el autor de recientes atentados en Turquía. Empero la geopolítica de la energía con el régimen de Admadinejad importa más a Erdogan, después que Irán se ha convertido en el segundo proveedor de gas natural a Turquía después de Rusia. Este acuerdo permite a la Turkish Petroleum Corporation explorar petróleo y gas natural en Irán y la transferencia de gas desde Turkmenistán a Turquía, a través de los oleoductos iraníes. Sin embargo, las sanciones del gobierno de Bush contra quienes utilicen esa vía podrían deteriorar aún más las relaciones entre Washington y Ankara. Turquía reconoce que no hay nada garantizado en materia energética y que la seguridad de su país dependerá de si Irán decide someter su programa nuclear a la Agencia Internacional de Energía Atómica. En caso contrario, Ankara solamente tiene tres opciones de defensa: expandir su cooperación de defensa con los EE. UU. e Israel; aumentar sus capacidades militares convencionales, en especial misiles de mediano alcance, o desarrollar sus propias capacidades nucleares. Esta última desvela a Occidente porque desencadenaría una carrera nuclear de dimensiones inimaginables, en un país como Turquía, considerado un modelo de moderación política y religiosa.
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