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Inolvidables memorias Tres grandes de la literatura universal, tres percepciones de la realidadAmalia Chaverri Filóloga Tres premios Nobel de literatura nos han entregado sus memorias. Sólo un título, el de Saramago, remite al género:Las pequeñas memorias , el de Gabriel García Márquez alude a una necesidad existencial: Vivir para contarla , y el de Orhan Pamuk apunta a su ciudad: Estambul, ciudad y recuerdos . Tres estilos de escritura de tres grandes de la literatura universal, tres percepciones de la realidad, originarias de raíces culturales y contextos sociohistóricos distintos y desiguales, narran sus memorias sobre las huellas imborrables que marcaron sus respectivas familias en su infancia y adolescencia; como en ondas concéntricas, estas experiencias vitales se amplían y narran las transformaciones y avatares de su entorno social y, aún más, datos –oscuros y también claros– del siglo XX, en un género que se remonta a la época grecolatina. Las pequeñas memoriaslleva un epígrafe del Libro de los Consejosque dice: “Déjate llevar por el niño que fuiste”, aludiendo al espíritu y espacio vital que aborda, coincidente con la justificación del título, cuando insiste: “Sí, las memorias pequeñas de cuando fui pequeño. Simplemente”. Desde los recuerdos más remotos, al punto de dudar si fueron reales o producto de su imaginación: “Esta es, pues, mi memoria más antigua. Y quizás sea falsa…”, hasta sus 16 años, en que un hecho le hizo perder un poco más de su inocencia ya mermada. Se percibe una profunda comprensión y ternura al referirse a sus familiares, especialmente a su madre y abuelos maternos, en cuya casa “se generaron las metamorfosis decisivas del niño y del adolescente”.
Aceptación y naturalidad. La precariedad económica de su familia, las desavenencias del hogar, una problemática figura paterna son tratadas con aceptación y naturalidad, ajenas a cualquier rencor o resentimientos sociales. Interesante cómo, desde el presente –el de estas memorias– apunta temas y circunstancias que despiertan su interés por las letras y que reconoce como germen de algunos textos: es el caso de su primera novela Manual de pintura y caligrafía en 1977, escrita a la edad de 55 años, de Levantado del suelo (1980) y de Memorial del Convento (1982). La estructura es una secuencia de apartados, largos unos y breves otros, sin rigurosidad cronológica. El estilo difiere del que nos acostumbró en su novelística, al no alterar ni hacer malabares, osadías, juegos y subversiones con las normas de la gramática. Vivir para contarlatiene un epígrafe del autor: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”, nada más pertinente para sugerir el espíritu con que reconstruirá etapas de una vida que “había construido piedra por piedra en mi imaginación”. Se vibra con su infancia, llena de magia y cuidados, como también con las soledades, añoranzas e incertidumbres de su juventud. Terminan con su madurez –un espacio vital más que el de Saramago– cuando el escritor viaja a España y deja abierta la puerta para el tomo siguiente. Es contundente –como se ha reconocido– la admiración hacia la madre, la abuela y mujeres en general, sustentada en la convicción de que ellas “sostienen el mundo mientras los hombres lo desordenan con brutalidad histórica”. Como legado, sus experiencias periodísticas son esenciales como parte de la historia de su país y como antesala de un gran escritor que “literaturizará” a su país y a Latinoamérica: “No hay nada de este mundo ni del otro que no sea útil para un escritor (...). El terror de escribir puede ser tan insoportable como el de no escribir”. De estructura ordenada y cronológica, y sin alterar su inconfundible estilo, nos constata la adaptación de la memoria con la imaginación y, en su caso, la inseparable relación vida/memoria/ficción. Estambul, ciudad y recuerdos,acorde con la pasión de Pamuk por el paisaje de su ciudad, lleva un epígrafe de Ahmet Rasim: “La belleza del paisaje está en su amargura”, que alude al tono, mezcla de amargura, nostalgia y fascinación, que atraviesa estas memorias centradas en Estambul, pues nos dice el escritor: “Desde el día en que nací, nunca he dejado las casas, las calles y los barrios en que he vivido”. Es un texto caudaloso y prolijo en detalles, en el que interactúan –en derroche– una copiosa información sobre la sui generis Estambul y emotivas memorias de infancia y adolescencia, hasta el momento en que, según la última frase del libro, dice: “No voy a ser pintor – dije –. Seré escritor”. Meollo y destino. El espíritu de los contenidos está enraizado en la aprehensión, desciframiento y comprensión del meollo y destino que ha sido, desde hace siglos, ese vaivén histórico cultural, esencia de la controversial realidad de Estambul y de su propio proceso existencial. Se resume así: “Lo que ocurrió el 29 de mayo de 1452 para los occidentales es la caída de Constantinopla y, para los orientales, la conquista de Estambul. En suma: caída o conquista”. Es evidente la erudición del escritor: el rigor con que se refiere a poetas, escritores, pintores, grupos sociales, minorías étnicas, religiones, luchas internas, amenazas externas; también, la seriedad en el tratamiento de los temas políticos, religiosos y culturales, y la descripción, paso a paso, del rastro que va dejando el progresivo empobrecimiento de lo que fue una floreciente ciudad. Ineludible el estratégico, real y simbólico Bósforo que, en manos de Pamuk, se convierte en un “persona” más de sus recuerdos, y es punto de referencia, norte, espacio de luchas, catástrofes, incendios, amenazas, tránsito, y todo lo imaginable, vivo en la memoria de los actuales estambulíes y parte de la memoria colectiva del pueblo. Tres figuras señeras de la literatura del siglo XX han tejido un tapiz de su vida personal en estrecha unión con la realidad histórica de su país o ciudad de origen: Colombia, Portugal y Estambul, esta última fiel representante y símbolo de las sangrientas luchas entre diversidades culturales, propias de ese contexto y hoy, más que nunca, activas en el mundo globalizado.
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