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A los diputados, con afecto Los costarricenses no tienen ningún respeto por sus representantesJacques Sagot jacsagot@gmail.com Pianista Es mucho lo que todavía podemos aprender del sistema político de la era de Pericles. Era una democracia imperfecta (en cierto modo, no más que una protodemocracia), pero tenía cosas que hoy no puede uno menos que considerar con nostalgia. El Parlamento se reunía del alba a la noche en el ágora, al aire libre. El “diputado” no podía tener antecedentes penales y debía dominar el arte de la oratoria, lo cual no solo significaba “hablar bonito” –cosa que cualquier pelmazo puede hacer–, sino razonar correctamente, de conformidad con las bien establecidas etapas de todo discurso. No podían hablar en “pachuquito” ni usar cantinflismos (“O sea que, es decir, verdad, que, o sea”…). Si nuestros legisladores no piensan bien, ¿cómo habrían de hablar bien? El parlamentario debía expresar sus ideas dentro del límite exacto que señalaba la clepsidra (el reloj de agua). Las morosidades discursivas estaban prohibidas. Con un ojo había que mirar a los miembros de la Asamblea, con el otro, el inexorable caer de las gotitas de agua. Quien planteaba una propuesta era considerado responsable de ella. Si después de un año de su adopción, no funcionaba, el autor era multado y debía afrontar el desprestigio político (en esa época los diputados aún se sonrojaban). Igualitico. Los proyectos de ley eran supervisados por un Tribunal Constitucional. Sus miembros ejercían el cargo durante un año y trabajaban casi ad honórem (cinco óbolos al día: igualitico que en Costa Rica). Los funcionarios debían presentar atestados de una moralidad y probidad civil acrisoladas. El poder ejecutivo era ejercido por los llamadosarcontes. Cada uno de ellos tenía que demostrar el cumplimiento de todos sus deberes de patriota y de contribuyente, así como su respeto –si no necesariamente devoción– a los dioses. Ser objeto de una investigación acarreaba un deshonor que en nuestra actual “cinicocracia” nos resulta imposible de entender. Pero lo más importante de todo era que el aspirante aarconte debía someterse a un examen en el que su nivel intelectual y su cultura general eran calibrados con rigor. Había sanciones para quienes proferían sandeces con regularidad sistólica, esas que un día sí y el otro también oímos ahí por Cuesta de Moras. Elarconte ejercía su cargo durante un año, pidiendo cada mes el beneplácito del Tribunal Constitucional. Sus méritos le valían la reelección, sus trapacerías y rebatiñas podían ser castigadas con la muerte. A todo gobernante se le exigía, en primerísimo lugar, la capacidad de autogobernarse. Ninguno de ellos podía trenzarse en grescas de corral con sus colegas. Figurones. Y, sobre todo, eran abucheados los rimbombes que algunos de nuestros diputados asumen al ocupar su sillita. Empiezan a impostar la voz, se “importantizan”, se toman por próceres de la patria, en figurones donde la intención candidatil es tan evidente que hasta da lástima. De pronto, ya no invitan: “conminan”. Hace poco, una señora que tuvo que amparar bajo sus enaguas a don Ottón porque él, al parecer, no puede defenderse, salió “conminándome” al debate (de estas altisonancias hablaremos luego). No desaprovechan ocasión de “robar cámaras”, empiezan a jugar de galancetes de telenovela, se las dan de Olympe des Gouges… ¿No les dará vergüenza? ¿Qué se han creído? ¿No saben acaso que ser diputado es, hoy por hoy, una de las funcionas más desreputadas que en nuestro país pueden ejercerse? ¡Pero si no son capaces ni de aprobar el mínimo proyectillo sin sacarse la lengua unos a otros! Es la ley del corral: las gallinas que están arriba se cuitean sobre las que están abajo, y a los cuatro años las que estaban abajo se cuitean sobre las que estaban arriba. Los de abajo –por estar abajo– creen que su deber consiste en hacer las veces de policías de los que están arriba: fiscalizarlos, escarbarlos, entrabar sus propuestas de manera automática y acrítica. Asumen –¡vaya caballeros!– que todos ellos son rufianes traficando sórdidos pactos bajo su mirada vigilante de nobles centinelas… ¡Síganme los buenos! Hay –es importante señalarlo– diputados que honran plenamente sus curules, pero otros que no hacen sino tomarlas de catapultas o de cuartelitos de tiro. Hagan mejor su trabajo, señores, y entiéndanlo de una vez: sus mecanismos procedimentales, su retórica y su “mirada vigilante” tienen al pueblo harto. Los costarricenses no tienen respeto por sus representantes. Son ustedes objeto de chistes de taxista y de irrisión general. Y no la emprendan conmigo: si no les gusta la imagen que les ofrezco, no le disparen al espejo.
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