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La corrupción: ¿síntoma o causa? La condenación moral recibe más apoyo que las reformas contra la pobreza y la desigualdadDra. Simone Bunse, INCAE A partir de los escándalos de corrupción de años pasados, muchos costarricenses creen que este mal es la principal causa de los problemas del país. Según el Latinobarómetro, la ciudadanía costarricense considera que 63 de cada 100 funcionarios públicos son corruptos. Junto con el TLC, la corrupción se ha convertido en un tema central del debate nacional. Los escándalos han transformado el panorama político del país. El PAC surgió como nuevo partido que convirtió la lucha contra “los partidos tradicionales corruptos” en su promesa principal, así como su estrategia de desarrollo. Además, despuntó un nuevo género de periodismo investigativo y el sistema de educación integró la condenación de la corrupción en sus estudios: en presencia del Presidente, una joven escolar denunció a los “políticos corruptos” en su discurso en las celebraciones de la Anexión de Guanacaste. Incluso los movimientos que adversan el TLC han concentrado precisamente su campaña en denunciar la corrupción en vez del libre comercio. El líder de la campaña anti-TLC, don Eugenio Trejos, ha inculpado consistentemente a las multinacionales y a los políticos corruptos por la pobreza y la desigualdad en Costa Rica. Los juicios venideros de los expresidentes asegurarán que el asunto siga en el centro del debate público. Nadie duda de que la corrupción sea un obstáculo formidable al desarrollo. Pero no es la única ni la principal barrera. Las expectativas populares de que la riqueza se diseminará sin esfuerzo por toda la sociedad, una vez eliminada la corrupción, son ingenuas y la disposición de muchos de insultar a los políticos en vez de discutir iniciativas serias para generar riqueza es una mala noticia para los pobres del país. Las reformas necesarias . Según varios estudios, Costa Rica es el tercer país menos corrupto de la región y el hecho de que ni siquiera los expresidentes estén por encima de la ley es un gran logro. Más importante aún es el riesgo de que el debate nacional respecto a la pobreza se reduzca a eliminar la corrupción, y se preste poca atención a las reformas necesarias para estimular el desarrollo. Como dijo Moisés Naím, en nuestros países la condenación moral encuentra más apoyo que cualquier propuesta política concreta para reducir la pobreza y la desigualdad. La obsesión con la corrupción quita la atención de las verdaderas causas del subdesarrollo de Costa Rica. Esas tienen mucho más que ver con su disfuncional sistema político y su incapacidad de acordar e implementar reformas. La gobernabilidad del país está severamente obstaculizada por un diseño institucional que genera múltiples actores con veto, que incluyen no solo la fragmentada Asamblea Legislativa, sino también la Sala Constitucional y la Contraloría. Otro factor que dificulta el progreso es la limitada capacidad administrativa de Costa Rica, crucial para brindar servicios públicos de calidad. La débil gestión del Estado se debe, al menos en parte, a una falta crónica de recursos fiscales. El resultado es un servicio civil mal pagado y frecuentemente de bajo nivel, en el cual no es inusual precisamente buscar formas de redondear el salario. Esto sugiere que la corrupción es un síntoma, no la causa de los problemas de Costa Rica. Concentrarse en la corrupción no fomenta la reforma tributaria ni la del Estado, ambas esenciales para resolver los problemas de pobreza y desigualdad. Según Naím: “La obsesión con la corrupción limita tanto el desarrollo de un país como la corrupción misma”. Ciertamente, la condena moral de la corrupción no la frena ni ofrece al país un modelo de desarrollo ni un futuro. Hacer reformas institucionales, políticas y económicas tiene mucha mayor posibilidad de lograrlo.
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