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Los católicos y el TLC Costa Rica tiene en el TLC una oportunidad especialísima para dar un salto cualitativoCarlos Alonso Vargas Filólogo A los sacerdotes católicos de Costa Rica, sus obispos les han pedido no emitir en las homilías criterios favorables ni desfavorables acerca del TLC que será objeto del referéndum el próximo mes de octubre. En cambio los laicos católicos no solo estamos en libertad de pronunciarnos públicamente al respecto, sino que es nuestro deber hacerlo, porque la vocación de los cristianos laicos consiste precisamente en “buscar el Reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas según Dios” (Concilio Vaticano II,Lumen gentium , 31; cf. Juan Pablo II, Christifideles laici , 9). En otras palabras, es precisamente en estas “realidades temporales” como la política, la cultura, la familia, la vida laboral y económica de la sociedad, etc., donde los laicos debemos extender y hacer presente el Reino de Dios, del cual participamos por la fe en Cristo, procurando “ordenarlas” u orientarlas hacia ese Reino, hacia la salvación. Y eso debemos hacerlo siguiendo la guía de una conciencia formada por el Evangelio y por la enseñanza de la Iglesia. Ahora bien, antes de esa petición episcopal –y también después y a pesar de ella–, la mayoría de los sacerdotes que más se han hecho oír al respecto han expresado opinionescontrarias al TLC. Ha quedado entonces en el ambiente la impresión de que pudiera haber algo en el catolicismo que de algún modo es incompatible con el TLC, o viceversa. Frente a esa impresión que se ha dado, a muchos laicos católicos se nos presenta entonces la duda de si, en cuanto tales y en adhesión a nuestra fe, podemos estar de acuerdo con el TLC. Yo como católico estoy a favor del TLC, y conozco a muchos otros laicos católicos que también lo están. Y no hablo de católicos de nombre nada más, sino de seguidores fieles de Cristo y miembros activos de la Iglesia. Esa postura favorable podemos mantenerla con toda tranquilidad de conciencia, porque no hay nada en la fe católica en sí, ni en la doctrina social de la Iglesia, que nos obligue a tomar una u otra opción en este caso: dejar eso claro ha sido precisamente la intención de la directriz que dieron los obispos a los sacerdotes. La globalización no es algo frente a lo que tenga sentido estar de acuerdo o en desacuerdo: es simplemente una realidad histórica que hay que asumir. Es como una supercarretera, y el país que no se suba en ella queda condenado al rezago y al subdesarrollo en todos los campos. Y entre las principales rampas para subirse están el libre comercio internacional (sobre todo con los mayores socios), la ruptura de monopolios tradicionales como las telecomunicaciones y los seguros, la actualización tecnológica y el avance hacia una mayor responsabilidad subsidiaria de grupos e individuos en lugar del proteccionismo estatal. Costa Rica, por su peculiar historia y condiciones internas, tiene en el TLC una oportunidad especialísima para dar en este momento un salto cualitativo en su desarrollo y subirse a esa supercarretera. Mentalidad oscurantista . Sin duda alguna la equidad social, la justa distribución de la riqueza y la lucha contra la pobreza ocupan siempre una altísima prioridad en la conciencia de los cristianos. Y, si bien es cierto que un tratado comercial no es –ni tiene por qué ser– un programa de beneficencia social, sí abre la puerta a una elevada generación de empleos y a un gran crecimiento de la riqueza económica del país, en una forma que (digámoslo con franqueza) no ha sido lograda por nuestro modelo económico tradicional. Si, aprobando el TLC, los costarricenses nos damos a la tarea de manejar bien las decisiones políticas y sociales dentro de nuestro propio país, el resultado será una mayor justicia social y una mejor distribución de la riqueza que Costa Rica percibirá por sus nuevas relaciones comerciales. En ese proceso, los cristianos tenemos que ejercer una especial vigilancia para que esas “realidades temporales… [se ordenen] según Dios”. Con eso en mente, hay que mirar más allá de los intereses de grupos particulares y considerar la suerte del país en su conjunto. Lo que está en juego aquí no es simplemente el supuesto beneficio o perjuicio de este o aquel sector social. Lo que está en juego es, más bien, para dónde va Costa Rica en este momento histórico. Hay quienes se oponen al TLC con una mentalidad oscurantista, añorando un modelo trasnochado de Estado benefactor que ya no es realizable en esta época de la historia. La pura verdad es que, si Costa Rica no aprueba el TLC, el resultado no va a ser una mayor justicia social, una mayor igualdad ni una mayor solidaridad. El único resultado va a ser que tomaremos el sendero del populismo y de la “venezuelización” del país, como parece dictarlo la agenda de algunos de los más fervientes adalides del “no”. Yo respeto a mis hermanos católicos –sean clérigos o laicos– que se oponen al TLC. Como en otras coyunturas políticas, el mantener posturas diferentes no tiene por qué debilitar la comunión de fe. Pero en ese contexto de respeto, me siento con toda libertad de animar a mis hermanos católicos a que apoyemos el TLC, no porque creamos que está exento de fallas, sino porque queremos que Costa Rica aproveche la oportunidad histórica que se le presenta.
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