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Comentario del Evangelio: Tiempo de esperas activas El evangelista Lucas nos muestra este domingo la importancia de ser consecuentes y eficaces en el servicio de la comunidad cristiana. Una exhortación que se dirige de modo particular a los que son aquí llamados “criados” ( doulos ). Esto es, todo aquel que está llamado a desempeñar alguna función de servicio dentro de la vida comunitaria. El criado ha de asumir un rol de donación constante a favor de los demás. Si es fiel en este propósito, podrá participar del banquete escatológico en el que el Señor será el que se dará a la tarea de servir a los que han sido como debieron. La actitud de espera activa, la donación de sí, la fidelidad probada y la confiada certeza de cara a las promesas hechas y que se tendrán que cumplir, son las cuatro grandes características del creyente coherente, máxime si se trata de un cristiano que tiene en sus manos la responsabilidad de los demás. Veamos ahora, paso a paso, esas características desprendidas de la perícopa de hoy y de la larga reflexión eclesial acerca del ideal en torno a la cuestión del discipulado y el seguimiento. Primero, la espera activa. Aguardar al Señor no puede ser de modo alguno una espera pasiva. No se trata de dar tiempo sin más. Se trata de asumir otra actitud: comprometerse en la lucha cotidiana por ordenar, según Dios, las realidades terrenas. Se trata de decir lo que sea necesario y hacer lo que se requiera de cara a construir Reino. Se trata, pues, de esperar activamente y construir críticamente. En cuanto a la donación de sí, el cristiano se sabe servidor. Y si se trata de los responsables de las comunidades, con mayor razón. “Para servir, servir”, se ha dicho. Efectivamente, cada uno en su lugar y desde su vida de cada día, debe convertirse en la levadura buena que, fermentando todo, levanta la temperatura cristiana de la sociedad. La fidelidad es, por otra parte, un valor escaso en la sociedad de hoy. La deslealtad y la traición tienden a primar con frecuencia. El creyente no puede danzar al son de ese ritmo. Lo propio del cristiano es vivir pensando en las cuentas que debe dar al regreso de su Señor. Difícilmente se le perdonará no haber sido eficaz y coherente. Y, finalmente, la confianza en las promesas. Dios no nos falla. Nosotros sí le fallamos a él. El Señor no se desdice, nosotros sí. El Señor sabe lo que ha prometido, nosotros no sabemos apreciarlo ni esperar confiados. Recuperar el ritmo de nuestra espera y hacer de ese esperar un aguardar activo, comprometido, militante y transformador es lo que deberíamos proponernos en adelante. El tiempo presente así nos lo exige. P. Mauricio Víquez Lizano.
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