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Crítica unívoca sobre Falstaff


Virginia Pérez-Ratton
perezrat@racsa.co.cr
Crítica de artes visuales

Son las once de la noche. Vengo llegando a mi casa después de asistir hoy martes 1.° de agosto, a la presentación de Falstaff. El tráfico imposible hizo que mi madre y yo decidiéramos irnos a pie tranquilamente en esta noche clara, fresca y seca, una corta caminadita de un cuarto de hora desde el barrio Amón al Teatro Nacional, y regresar de igual forma hasta el barrio, comentando sobre la puesta. Cerca de la Alianza Francesa, unos amigos nos recogieron de casualidad, y nos encaminaron las últimas tres cuadras, me imagino que preocupados que fuéramos pasto de los travestis. En todo caso, la caminata fue un agradable cierre a una deliciosa velada, y me impulsa a comentar el Falstaff, desde el punto de vista estético y visual, por supuesto; no me atrevería a meter la mano (¿la pata?) en lo musical para que no me caiga la furia divina.

No comparto la crítica del amigo Andrés Sáenz en relación con la visualidad de este espectáculo, aunque ya sabemos, desde Macbeth, que detesta la estética de Stefano Poda. Contrariamente a lo que escribe nuestro crítico, la puesta en escena es magnífica, los recursos técnicos y estéticos nos parecieron impecables, la escenografía y el vestuario no tienen nada de barroco ni de abrumador en la escenografía ni el vestuario; por el contrario, un acertado juego monocromático en blancos, negros y ocres ofrece una alternativa moderna, contenida y fresca a los usuales montajes, y se logra el paso fluido de un cuadro a otro mediante proyecciones, pantallas – que no eran de tul ni caprichosas–, y un eficiente juego de luces. Las texturas utilizadas para recubrir los laterales del escenario funcionaban de manera sobria pero eficiente como encuadre opaco para los demás detalles móviles, y el piso inclinado permite o provoca movimientos insólitos o absurdos que colaboran con la ambientación del ridículo de Falstaff. Además, confiere una excelente percepción del fondo del escenario, en donde una especie de cuadro escultórico –que me recuerda las obras de Lee Bontecou de los 60–, servía para camuflar unas escaleras por donde se efectuaba parte de la circulación. Aunque tal vez a algunos les parezca demasiado didáctico, el diálogo que aparece en lo alto del escenario facilita la comprensión para quienes no conocían la obra, y no está de más.

Montaje original. El Macbeth de Poda, calificado como un desastre de montaje por don Andrés, ya nos había sorprendido: logró de forma original proyectar la pesada atmósfera de las culpabilidades de sus personajes con un escenario lleno de puntilla de arroz que dificultaba sus desplazamientos, y, además, la sinuosidad de aquellos amontonamientos de cuerpos desnudos que formaban murallas móviles, funcionaban como alucinaciones de Macbeth, como si el castillo mismo adquiriera una vida siniestra a medida que las intrigas y traiciones anuncian el trágico final.

Resulta frustrante para los que trabajamos en producción cultural que la crítica en este país sea unívoca, cuando la hay. No es justo ni útil que haya una sola voz en determinada disciplina, para comentar las manifestaciones que se ofrecen al público local. En lo relativo a las artes visuales, ni siquiera hay una. Lo único triste de esta noche fue ver que el teatro no estaba lleno. Una crítica responsable, lejos de ahuyentar al público, debería estimular su asistencia y ofrecer pautas para que el público forme criterio sobre todo en un género como la ópera, que no es de público masivo a menos que vengan “los tres tenores” a cantar arias al estadio. No quiero decir con esto que hay que ser paternalista y benevolente, y aplaudir cualquier cosa que aparece en cartelera; es preciso ser selectivo y exigente, pero sin instalarse en una permanente actitud negativa. En todo caso, espero que los esfuerzos de la Compañía Lírica, del señor Poda y de todos los que han hecho posible este montaje, se vean recompensados en las próximas funciones con un teatro lleno. ¡Vayan: vale la pena!

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