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“i Phone”

El placer de poseer algo que nadie más tiene…

Saúl Weisleder
Economista y diplomático

“Este es el que yo quiero. Gracias por traérmelo justo a tiempo; hoy. No importa el precio. Yo sé que lo vale. Estoy feliz...”. En estos o similares términos se expresaba un cliente que estaba delante de mí en la tienda de teléfonos celulares en Nueva York. Justamente era el día que salió a la venta del público el “i phone” de Apple, uno de los acontecimientos mercadológicos más exitosos de los últimos tiempos, y uno de esos momentos que son el sueño de millones de personas sin más ilusiones que tener “un chunche más”.

Relato esta breve historia porque la persona que compraba su aparato mientras yo esperaba a que me atendieran una consulta sobre mi modesto celular, NO, repito, NO estaba adquiriendo un “i Phone”, el día en que miles hicieron fila desde la madrugada para comprar su aparatejo. No: él compraba “otro”. No lo vi. No sé cómo era ni qué característica técnicas tendría. Pero el cliente gritaba su alegría a los cuatro vientos. No cabía en su contentera. Y dijo, volviéndose a los que esperábamos: “...yo quería uno diferente, uno como nadie más tiene, que cuando todos saquen sus nuevos “i Phones” o sus otros aparatos, nadie pueda mostrar uno como el mío. Me costó encontrarlo, pero lo encontré. Gracias a mi amigo, el administrador de esta tienda. Es un gran tipo. Conoce su negocio, sabe de estos teléfonos. Y sabe atender y hacer felices a sus clientes”. Sacó su tarjeta de crédito, pagó y se fue. Feliz: tenía algo que “nadie” más tenía. Iba a poder “rajar”, diferenciarse, fachentear y, con eso, a lo mejor, conquistar a su amada.

Sentado frente al mostrador, vi y oí la escena completa. Mi sorpresa fue creciendo. No entendía bien por qué este muchacho estaba tan feliz. Por qué lo proclamaba y (casi) gritaba para que todos lo viéramos y admiráramos. Sí, tenía un aparato de telefonía celular nuevo; posiblemente ese aparato tenía un diseño diferente y, a lo mejor, se pueden hacer con él cosas que no se puede con otros (aparte de enviar y recibir llamadas sin estar atado por un cordón a un enchufe en la pared, que es la función esencial de un teléfono celular), posiblemente recibir y mandar e-mails, oír música, tomar fotos y mandarlas, etc. Pero esto lo hacen muchos tipos de celulares. Y por supuesto el “i Phone”, el teléfono que millones de fiebres querían tener desde el primer día en que salió al mercado.

Hasta que “me calló la peseta”: “nadie” tiene otro como este. El tipo tendrá, otra vez, algo que lo hará diferente, singular. Esa es la palabra: singular. ¿Cómo nos singularizamos? En buena medida ese resulta hoy el dilema. Y para millones, la singularización es precisamente un proceso de posesión. Bastantes problemas padecemos ya en el mundo. Bastante infelicidad producen la pobreza, la desigualdad extrema, las ansias de poder y fuerza, las armas, las guerras, la vanidad y la supeditación de los valores predicados a los practicados, como para dejar pasar, sin siquiera chistar, las muestras de vana y fugaz felicidad añoradas y buscadas en el placer de “poseer algo que nadie más tiene”.

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