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Ojo Crítico Rodolfo Cerdas El Poder Ejecutivo debe cambiar su actitud hacia el PAC y atender las sugerencias de sus aliados del Movimiento Libertario, que en esto le aconsejan realismo, inteligencia y habilidad, justo lo que no ha habido hasta ahora. Las oportunas propuestas de Otto Guevara y Luis Antonio Barrantes parten de un hecho político innegable: le guste o no al Ejecutivo, no solo hay que tomar en cuenta al PAC, sino hacerlo en forma respetuosa y seria, valorando su peso y representatividad, como corresponde a quien tiene la fracción opositora mayoritaria. Cuando don Ottón envió cartas y gestionó ante el presidente Arias un diálogo político serio, la forma displicente y descortés de la respuesta –incluso puso a su hermano a responder, diz que porque este redacta mejor– resultó inusitada y sin precedentes en la política nacional. Jamás actuaron así ni don Pepe con don Mario Echandi, ni este con don Pepe o con don Chico Orlich y, mucho menos, don José Joaquín Trejos con nadie. Aparte de que lo cortés no quita lo valiente, lo más grave son las consecuencias políticas negativas de semejante conducta. Políticamente significa que no se valora el peso del PAC en la vida nacional y el de su fracción en la Asamblea y que no se comprende su profunda y compleja representatividad, justo cuando el sistema partidario está en una aguda crisis y la mecánica legislativa necesita renovarse. La subestimación presidencial del PAC y su líder –al parecer por motivaciones psicológicas más que políticas– debe ceder ante la realidad y las consecuencias negativas que ha traído consigo. Las oportunas y realistas advertencias y sugerencias que plantea el Libertario hacen inocultable que ya es hora de que el Gobierno cambie de actitud y actúe con más habilidad y prudencia en este campo. La democracia no supone una oposición dócil, sometida a las decisiones del Ejecutivo; mucho menos en un sistema de representación proporcional como el nuestro. Por eso la propuesta libertaria para abrir una verdadera negociación con el PAC, con una amplia disposición al diálogo abierto y flexible, y atenderle sus naturales demandas de opositor democrático, son la ruta adecuada y única para avanzar. Si en vez de resentirle a don Ottón su casi victoria, don Óscar hubiese aprovechado el peso político y la apertura postelectoral de su adversario para establecer un programa de acuerdos viables y delimitar las divergencias, otra historia cantaría. Lamentablemente, no fue así. El Gobierno se dio un lujo cuyo precio no podía ni puede pagar: darle gusto a la ojeriza política. Y por eso estamos como estamos.
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