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Opinión HaroldLeandro hleandro@nacion.com Subeditor No soy amante del boxeo, por el contrario, creo que no debería estar entre la lista de los deportes, mucho menos, disputarse en el ciclo olímpico. No entiendo cómo dos tipos (y recientemente, dos tipas) se suben a un ring y se trenzan a golpes a ver cuál es el más macho (o macha). La única vez que sentí cierta atracción fue durante la cobertura que hice de los Juegos Centroamericanos y del Caribe, Maracaibo (Venezuela) 1998. Allí presencié un entrenamiento de Cuba, que como forma de protesta porque no les asignaron un lugar adecuado, salieron a la zona de prensa y realizaron algunos ejercicios hasta que los organizadores atendieron su reclamo. La verdad, me impresionó la delicadeza de cada golpe, la elasticidad en cada movimiento y la estética que desplegaba cada combatiente, aunque claro, era solo un ensayo y no se pegaban de verdad. Miré con detenimiento a Félix Savón, campeón olímpico en la categoría del peso pesado en los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996. Los movimientos, la potencia y finura del golpe, los amagues, el juego de piernas, la maestría y certeza para mover la cabeza y eludir los ataques del contrario, cautivaron a la feligresía, que pronto se convirtió en legión. De inmediato, gran cantidad de atletas de todos los países, miembros del Ejército venezolano y comunicadores, le hicimos ronda. Y nada más. Fuera de esa experiencia, no encuentro el mismo encanto en las peleas que observo. Por más que lo analizo, solo miro a dos cuasitrogloditas dándose de puñetazos con el único fin de agredir hasta el cansancio al rival en un ejercicio prehistórico. Me aleja más del boxeo el sospechar que si no todas, muchas de las peleas son arregladas con el fin de que el siguiente combate, o sea, la revancha, atraiga más seguidores y se eleve el nivel de apuestas. Quizás lo peor sea observar las veladas en Costa Rica y presenciar a Carl Davies Drummond –barco insignia y niño mimado de cierto empresario– en algo que está muy lejos de un espectáculo deportivo. El 30 de abril, Davies derrotó en el tercer asalto al brasileño Adenilson Dos Santos, lo más cercano que he visto a lo que en deporte se llama “un paquetazo”. El lunes anterior, el pegador repitió la victoria, esta vez ante el estadounidense Sedreck Fields, un recital de torpezas de uno y otro bando sin acierto ni concierto. Por mí, que se sigan matando y produciéndose daños cerebrales terribles si así lo desean, pero que no digan que ese es deporte.
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