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La democracia ya no es un circo Por fin, el pueblo podrá demostrarsu madurez democráticaAndrea Aguilar Calderón Periodista Hace tiempo, la frase “La democracia es un circo cada cuatro años” tropezó con mis ojos en una pared utilizada como lienzo colectivo urbano. Para ser franca, no la entendí en ese momento, cuando mi preocupación era cultivar dudas existenciales adolescentes. Tendría que pasar mucho tiempo para comprenderla cuando, junto a miles de personas, salí a las calles a gritar “¡ICE sí, combo no!”, a riesgo de respirar los dulces aires lacrimógenos y disfrutar de un sol capaz de derretir los ideales más firmes. No es que entonces quisiera ser el estereotipo de comunista universitaria yhippie wannabe , cuyas fantasías sexuales tienen como viril protagonista alChe Guevara con la Sierra Maestra como telón de fondo y que, la pura verdad, no sabe ni de qué va la película y sólo quiere perder clases. No. Si bien yo creía ser de izquierda (a pesar de fumar Marlboro e ir a Disney World de vacaciones), no quería tomar las calles ni perder lecciones ni pegarme la asoleada porque estaba de moda ser radical y vestir de amarillo. No. Fui porque era la única forma de oponerme a un acuerdo que habían aprobado unos pocos, amparados en la falsa creencia de que la democracia implica hacer su voluntad gracias a unas elecciones en las que el “valeverguismo” es el protagonista. Fui porque era la única opción para manifestarme, y entonces entendí que en mi país, que se jacta de ser una reencarnación de Atenas, la democracia era, en efecto, un circo cada cuatro años. Consuelo para desilusiones. “El tiempo lo cura todo” fue una frase que se tropezó con mis oídos como consuelo en esas charlas cuando las desilusiones amorosas soplan con realismo los castillos en el aire. Para ser franca, no la entendí en ese momento, cuando mi principal preocupación era buscar a mi príncipe azul entre confusas camisas colegiales. Tendría que transcurrir mucho tiempo para que hoy pudiese comprobarla gracias al referéndum sobre el TLC. Por fin, el pueblo podrá demostrar madurez democrática desde la sorprendente y arcaica fecha de 1821. El tiempo y la lucha constante han sanado la errónea creencia de que el referéndum es “no vinculante” e “innecesario” porque para eso está la Asamblea, para eso me eligieron a mí presidente y no a otro, para eso hay gente preparada para debatir, etc. Señores: se equivocan. Los diputados y el Gobierno, incluido don Óscar, trabajan para nosotros. Nosotros pagamos su sueldo, nosotros los elegimos y nosotros, les guste o no, somos sus jefes y, como mínimo, nos deben escuchar. Tampoco vale parapetarse en la trinchera de la incompetencia del pueblo. Si tanto enarbolan la democracia como bastión incuestionable, entonces recordemos que no se trata de una “meritocracia” y, en todo caso, es más democrática la ignorancia de las masas que la soberbia egoísta de los poderosos. Sabio inodoro. Así que, felizmente, no tendré que atravesarme en la calle, ni saludar a los antimotines de cerca, ni rayar las paredes de la UCR satanizando el libre comercio, de modo que nadie pueda ir al baño sin meditar el futuro económico en compañía del sabio inodoro. Por fin, los ticos participaremos en la decisión. Y qué bueno, porque no todos los que nos oponemos al TLC somos ignorantes comunistoides, sindicalistas egoístas, universitarios vagos ni intelectuales inconscientes, ni pertenecemos a ninguna de las especies que los “versados” empresarios privados y el Gobierno han satanizado. En este grupo estamos muchos, incluyendo a premios Nobel (como José Saramago) y economistas (Ottón Solís, le pese a quien le pese, lo es), profesionales y demás, que creemos que el TLC traerá más maleficios que beneficios. Y que, si bien no salimos en ruidoso tropel de protesta, sí demostraremos en el referéndum que no creemos en el “port’a mí” ni en las falacias publicitarias que nos recetan día tras día, y que, más allá de la violencia, hay entendimiento. Felicidades, costarricenses, porque podremos demostrar, después de casi 200 años, que la democracia no es un circo cada cuatro años.
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