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A 15 minutos de San José En vez de seguir huyendo para conquistar el campo, hay que reconquistar la ciudadCatalina Murillo La Gran Área Metropolitana sigue extendiéndose, montañas arriba. Cafetales, potreros aún olorosos a boñiga y árboles y más árboles van cayendo bajo los voraces tractores, el cemento y el asfalto. La paradoja es que esto sucede porque vamos todos huyendo de la ciudad. Añorando el campo, los pájaros y el olor a tierra mojada, huimos hacia las montañas y, lógico, en cuestión de meses estamos de nuevo inmersos en el cemento, rodeados de lotes ya pelados o de casas enrejadas. Cientos de urbanizaciones han proliferado aprovechando esa ilusión de la gente de vivir cerca de la naturaleza. Tienen nombres, tipo “Brisas frescas del este” o “El paraje de los quetzales”, y son lo de siempre: una ristra de casas más o menos iguales (más grandes, cuanto más adentradas en lo que queda de bosques), encerradas entre muros y alambres, y donde solo sobreviven los zanates. Más y más lejos. “Cerca del campo y a 15 minutos de San José”, dicen los anuncios de esos residenciales. Cerca del campo ya vemos que no, pues, por definición, el campo se va alejando conforme nosotros nos acercamos; y a 15 minutos de San José... será a medianoche del domingo o en helicóptero. Cualquiera, ande en bus o en carro, sabe que a 15 minutos de San José solo está Plaza Víquez, por poner un ejemplo. Esas urbanizaciones no solo no están a pocos minutos del centro, sino que, irónicamente, están cada vez más lejos por la cantidad de nuevos vecinos y sus carros que hacen la presa mayor, día tras día.
Si usted tiene que salir a trabajar, ya se habrá dado cuenta del embuste; y, si está pensionado o trabaja en la casa, también, porque desde su ventana enrejada lo que ve es cómo se urbaniza la montaña de enfrente, y, en lugar de pajaritos, oye los tractores de sus futuros vecinos… Haciendo balance, en una urbanización de esas, uno no tiene lo bueno de vivir en el campo, pero sí todo lo malo de vivir lejos de la ciudad. Ahora depende uno del carro hasta para comprar un paquete de sal que se le olvidó, y el gasto de gasolina es una buena tajada del salario. Los amigos (de uno y de sus hijos) están desperdigados por toda el área metropolitana y es un peregrinaje reunirse siquiera para ver un partido de futbol en la tele. Quienes más caro pagan esto son los niños y los ancianos: ahí viven recluidos a la fuerza, absolutamente dependientes de otros, hasta para comerse un helado en la tarde. En ninguna parte. Al final, los sábados y domingos, encerrado como siempre en una casa de minúsculo jardín, uno termina por coger el carro para ir de verdad al campo, o, si llueve, para ir a un cine o a un mall, es decir, ¡para bajar a la ciudad! De este modo, ha perdido calidad la vida diaria de muchísima gente. Las cosas más sencillas son las que primero han desaparecido; ofertas de vacaciones y ocio hay muchas, pero nadie parece preocuparse por lo dura y absurda que se ha vuelto la vida cotidiana, esa que representa la mayor parte de nuestro tiempo. Un solitario me dijo que cambiaría su nueva casa de dos cuartos y su carro por volver a saborear aquello que se llamaba “vida de barrio”… Y sigue la ironía: lo más similar a la vida de barrio se encuentra hoy en las cercanías de la ciudad, precisamente donde estaban antes los barrios que abandonamos. No tenemos que seguir huyendo para conquistar el campo. Lo que hay que reconquistar es la ciudad.
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